domingo, 23 de julio de 2017

Media Vida

Para Porfirio Muñoz Ledo
Hace cincuenta años cumplir cincuenta años (como yo hoy que escribo esta columna), era muy distinto que cumplir cincuenta años hoy. Mi nacimiento hizo a Abraham Zamora, de cuarentaisiete años, abuelo por primera vez, y por tanto esa edad implicaba ya estar en la vejez. En finanzas se llaman “las tasas forwards”: ¿como será cumplir cincuenta años para un bebé que nazca hoy?
Mi generación fue el último estertor de lo que se llamó “la explosión demográfica”: una expansión difícilmente sostenible del crecimiento de la población mexicana resultado de la revolución agrícola, la urbanización, el sistema general de salud y el nacimiento y extensión de la clase media que hicieron que los mexicanos aumentáramos nuestra esperanza de vida al tiempo que manteníamos una tasa de natalidad muy elevada.
Mi padre fue el primer miembro de su familia en no ser campesino en las tierras de su familia en Nayarit; mi madre y sus hermanos fueron los primeros en no ser trabajadores de minas de carbón en el centro de Coahuila. Ellos y sus hermanos fueron los primeros de su linaje en vivir en ciudades. Yo nací y crecí en ciudades, pero el eco del México rural, patente aún en la prevalencia de la música ranchera en el gusto de la mayoría, era reciente y cercano.
Yo soy fan devoto del ranchero, pero también del primer género urbano y globalizador de la cultura mexicana moderna: el rock and roll. Será difícil pedirle al bebé que nazca hoy que sea fan del ranchero en cincuenta años, a menos que el género sepa renovarse y adaptarse al mundo urbano y globalizado que no detendrá su marcha. El ranchero no ha incorporado al hip hop por ejemplo. No incorporó la guitarra eléctrica como el flamenco español lo hizo con Camarón de la Isla. La sobrevivencia del ranchero será un reto en los próximos cincuenta años.
Cumplir cincuenta años en 1967 era difícil. Pero una vez llegado a esa edad, se podía esperar una vejez con buena calidad física. Hoy es crecientemente lo inverso. Llegar a los cincuenta años es socialmente fácil: la medicina ha posibilitado que sea un logro social. Pero la prevalencia de la obesidad y una cauda de malestares crónicos, especialmente la diabetes y padecimientos cardiovasculares hacen que alguien que cumple cincuenta años hoy quizá tenga una vejez de peor calidad que la que tuvo alguien que cumplió cincuenta años en 1967.
Hemos hecho un mal uso de nuestra esperanza de vida. En los últimos cincuenta años los mexicanos hemos ganado un promedio de quince años o más de vida extra. Y la hemos malgastado. Como sabemos que tendremos quince años más, llegamos a esos años extras con una peor salud de la que llegaban nuestros abuelos. Llegamos a los cincuenta o sesenta plagados de enfermedades que no eran comunes para los cincuentones de 1967: diabetes, hipertensión, colesterol altísimo. Todo producto de una dieta saturada de grasas, azúcar y proteínas animales que hace cincuenta años no existía.
Como consecuencia de ello: nuestra vejez en promedio será de una calidad menor a la de los cincuentones de hace cincuenta años. No hemos sabido aprovechar lo que hemos ganado en esperanza de vida. Si no cambiamos pronto nuestra dieta seremos viejos con padecimientos crónicos que representaremos un impuesto gravoso a nuestros hijos y a nuestros pocos nietos. Habremos extendido nuestra esperanza de vida, pero deteriorado la calidad de la misma en la vejez.
Milán Kundera en “La Broma” incluye un pasaje abominando de la juventud. Es sintomático. A Kundera y su generación le tocó ver cómo la sociedad dejó de apreciar la sabiduría de la vejez, atributo propio de las sociedades rurales; y comenzó a endiosar la energía de la juventud, característica de las sociedades urbanas. Hace cincuenta años la vejez era encomiable, y la juventud era un desperdicio. Hoy la exigencia de juventud nos obliga a permanecer jóvenes más tiempo. Somos “chavorrucos”, exigidos a permanecer en la fuerza laboral al menos quince años más de lo que nuestros abuelos eran exigidos. La etapa de la sabiduría ha sido pospuesta en casi dos décadas con el fin de que permanezcamos activos al mismo nivel durante más tiempos: la juventud se nos impone como una tiranía que nos hace ver cómicos a veces.

El día que yo nací, hace cincuenta años, Porfirio Muñoz Ledo cumplía treintaicuatro años. Desconozco qué hacía ese día, pero si sé que hacía a los cincuentaicuatro años: estaba igual que yo en el Zócalo de la Ciudad de México tratando de fortalecer la democracia en este país. Con los años lo conocí y las conversaciones con él son un tesoro enorme. Nacimos el mismo día, en el mismo país. Comparo su generación y la mía y la forma en que las dos interactuamos. Pienso que ambas generaciones tienen una obligación: en dejar para la que nace hoy un mundo viable para que puedan celebrarlo dentro de cincuenta años.

domingo, 16 de julio de 2017

La Economía No Es Una Ciencia, Pero Debería Serlo

para la Generación 2013-2017 de la FE 
Durante la última década nadie ha cuestionada el saber y la práctica de los físicos, ni de los químicos, ni de los matemáticos. Nadie ha criticado a la veterinaria ni a los dentistas, ni a los biólogos. Pero sobre la economía ha llovido un torrente de críticas respecto de sus postulados y su práctica. Tales cuestionamientos tienen razón: la economía ha sido un fracaso. Pero al mismo tiempo ha sido un éxito rotundo y nunca había sido tan importante, siempre y cuando quienes la practican se conduzcan como científicos, y no como acólitos de un culto.
Comencemos por la crítica más demoledora: los economistas en general no previeron la peor recesión de los últimos noventa años al ignorar los síntomas de la hecatombe de 2008-2009. Tal crítica es correcta y la voluntariosa adhesión de la inmensa mayoría de los economistas al corifeo laudatorio del libre mercado que condujo a la implosión de la economía global es una muestra de la falta de método con la que se conduce de manera general la profesión.
Pero la reacción de la Reserva Federal, del Banco de Inglaterra, de amplios sectores de la profesión al derretimiento de la estructura económica global en 2008-2009 mostró la valía de la disciplina: los Estados nacionales y las bancas centrales echaron mano del instrumental necesario para sacar al mundo de la recesión y encaminarla a una expansión, si bien moderada, también sostenida que dura ya casi nueve años.
No en general, pero si con valiosos ejemplos, la disciplina económica ha hecho un profundo acto de contrición y mea culpa que ha ayudado a ponerla sobre bases mucho más sólidas. Desde la devastadora “The Trouble with Macroeconomics”, de Paul Romer; pasando por el éxito de público de “El Capital en el Siglo XXI” de Thomas Piketty; hasta el reconocimiento de la Academia sueca de los trabajos de economistas como Robert Schiller, Jean Tirole y Peter Diamond, quienes han fundado su obra en concepciones en donde el desequilibrio y la imperfección son la norma, y no la excepción.
Lo anterior, más el estudio cada vez más extendido de las obra de Benoit Mandelbrôt y Daniel Kanheman en la teoría de finanzas, quienes introdujeron la importancia del riesgo agudo y la economía del comportamiento, son ejemplos de que la economía, a pesar de no poder serlo nunca, está comenzando a comportarse como una ciencia.
Cualquier físico o químico lo sabe. El método científico consiste en elaborar hipótesis y confrontarlas con la observación, ya sea en el laboratorio o en la naturaleza. Los economistas se quejan muchas veces diciendo que ellos no pueden hacer experimentos de laboratorio como sus colegas químicos. Tal queja es improcedente. Einstein no construyó un universo para probar sus teorías: la observación del universo existente ha ido validando el cuerpo fundamental de su teoría, así que nada impide que la observación metódica del universo económico nos lleve al rechazo o la aceptación de las hipótesis hechas.
Pongamos un ejemplo. Milton Friedman, un economista con un rigor intelectual como pocos, usó su enorme inteligencia para hacer un cuerpo teórico que con el paso de los años poco ha tenido de científico. Conjeturó una hipótesis elegante: que la inflación era un fenómeno monetario, y que si los gobiernos emitían moneda a un ritmo mayor que el del crecimiento del producto, el resultado sería un aumento en la inflación.
Aún quedan por allí unos monetaristas, pero la evidencia contra la conjetura de Friedman es tal que poco queda del prestigio del gran maestro conservador y sus alumnos, pues la oferta de circulante ha inundado la economía global durante los últimos nueve años y contrario a lo predicho por los monetaristas la inflación se encuentra en niveles tercamente bajos y en algunos países, inundados de dinero en circulación, sufren incluso deflación.
La masa de dinero en circulación ha explotado, pero la inflación se ha hundido. Cualquier físico descartaría en el instante la hipótesis y las ecuaciones del monetarismo como descartaron la hipótesis del éter luego de los descubrimientos de Maxwell. Pero muchos economistas aún temen al fantasma de la inflación cuando ven cómo los herejes bancos centrales inundan con circulante el sistema financiero.
Si lo observado contradice nuestra hipótesis entonces debemos de descartarla. Al menos que estemos midiendo mal los resultados, por que lo que si ha ocurrido al bombear circulante en la economía es la inflación de los precios pero en activos financieros, y no en los activos físicos que miden los índices de inflación.

Cierto, la economía no se había equivocado tanto como en las últimas décadas, pero pocas veces en la historia ha sido tan urgente su método y su perspectiva como ahora.

sábado, 8 de julio de 2017

La Economía Del Bitcoin Y Los Puntos De Fidelidad

El dinero es una convención social. Es un acuerdo. Cualquier cosa podría ser dinero: granos de cacao en Mesoamérica; los cigarrillos en las prisiones; el oro y la plata históricamente; papel con un sello del banco central. En tanto cumpla bien con dos funciones básicas: servir como medio de pago y como reserva de valor, cualquier cosa puede ser dinero. Incluso algo que no existe físicamente como los puntos que nos dan las aerolíneas y últimamente el Bitcoin y otras monedas virtuales pueden ser dinero. Mientras cumplan esos dos requisitos.
Para servir como medio de pago debe de ocurrir un acuerdo social amplio. Muchas personas deben de intercambiar los bienes y servicios que ellos tienen a cambio de ese dinero. Si una masa crítica de actores están dispuestos a aceptar ese dinero y sus denominaciones, entonces casi cualquier cosa puede ser dinero.
Pero la característica más importante del dinero es la de servir como reserva de valor. El hecho de saber que si lo guardamos no va a perder valor (y quizá lo gane). Es capturar el tiempo. Por el dinero el tiempo no pasa, no lo desgasta. Es algo fantástico: es lo único que crece con el tiempo, porque es capaz de capturarlo. Si algo es capaz de conservar valor con el tiempo, es un buen candidato a ser dinero. Y si es reserva de valor será más fácil que muchos lo acepten y funja entonces como medio de pago.
Por eso los cigarrillos y el cacao son malos como dinero: el tiempo los destruye y el valor desaparece con ellos. Por eso los metales nobles como el oro y la plata han sido buenas reservas de valor, su durabilidad les va bien. Pero algo que no existe físicamente no se destruirá nunca físicamente y será por tanto una buena reserva de valor. Si algo no existe físicamente nadie nos lo podrá robar, y no será costoso almacenarlo y custodiarlo (como es costos guardar y custodiar el oro). El dinero virtual es el mejor dinero: como no existe dura siempre, y prácticamente no cuesta almacenarlo y cuidarlo.
¿Pero cómo hacemos dinero virtual? Para que algo sea reserva de valor no sólo debe ser durable: debe ser escaso e imposible de falsificar. Si es abundante pierde su valor, y si es falsificable dejará de ser escaso. El dinero virtual debe ser como el oro: debe costar arduo sacarlo de la mina. De hecho producir el Bitcoin y otras monedas virtuales se llama “Data minning”. La oferta de dinero debe ser estable si se quiere que este sirva como reserva de valor.
Vemos el Bitcoin y los Puntos de aerolíneas. Ambas son difíciles de obtener: el Bitcoin depende de la resolución de algoritmos y los Puntos dependen de qué tanto se viaje. Ambos son difíciles de falsificar y de robar. Hay una diferencia: los Puntos de las aerolíneas dependen de que las compañías aéreas no quiebren (y eso pasa con demasiada frecuencia). Si usted está atesorando kilómetros en sus programas de lealtad podrá usarlos para viajar, quedarse en hoteles, comprar electrónicos o ropa en los comercios afiliados (¡sin pagar impuestos por el ingreso!), pero si la aerolínea con quien acumula los puntos quiebra, sus preciosos kilómetros serán menos que polvo en los anaqueles. Es un riesgo del emisor del dinero.
Bitcoin y otras monedas virtuales no tiene el problema que tienen nuestros Puntos de pues no son emitidos por compañía alguna. Bitcoin es como el oro: producirlo es arduo y complicado y cualquiera que se encuentre oro tirado en el piso tiene dinero en sus manos. Es dinero que no fue emitido por nadie: ni por un banco central ni por ninguna compañía, y por tanto no tiene riesgo del emisor. Su fuente no quebrará nunca porque no existe: es como el oro, la tierra no corre riesgo de quebrar.
Y es allí donde Bitcoin y sus congéneres tienen su límite. Supongamos que el mundo se hace hipster y todas las monedas desaparecen y acordamos quedarnos con Bitcoin como moneda: la consecuencia económica de hacerlo sería regresar al patrón oro. Y la historia nos muestra qué ocurre con ese modelo económico en donde la oferta de dinero es cuasi fija como el oro: su ajuste es vía cantidades porque los precios son casi fijos, y son proclives al desempleo y la recesión.
A las economías modernas les costó mucho trabajo emigrar del patrón oro al dinero fiduciario actual, así que un mundo en donde Bitcoin sea la moneda global es un regreso al patrón oro. Tal economía sería un suicidio. Un retroceso brutal a los precios fijos y cantidades flexibles.
Cuando el oro sueña, sueña con ser Bitcoin: etéreo e invisible, es pura alma inexistente. Pero si Bitcoin no podrá ser dinero de manera general como ya no lo es el oro, entonces será lo que si es el oro: una materia prima valiosa. Una reserva de valor peculiar, una mercancía cuyo precio se rige por la oferta y la demanda.

Bicoin será una materia prima, una commodity peculiar. Contrario al oro, el cual pudo ser medio de intercambio porque es buena reserva de valor, Bitcoin es reserva de valor porque ha sido aceptada como medio de cambio. Todas las commodities tienen valor intrínseco, sirven para algo además de ser valiosas. Bitcoin, la moneda de los Geeks, solo vale en tanto medio de pago, no nos sirve para hacer joyas ni taparnos las muelas. Y si es una commodity tendrá su ciclo: se disparará y se colapsará.

domingo, 2 de julio de 2017

El Petróleo Mete La Reversa

La semana pasada vio el cierre del primer semestre del año, y muchos hacen un corte de cómo han ido las cosas. Pero si usted se dedica a vender petróleo entonces tuvo un mal semestre, pues luego de alcanzar un máximo en febrero, lo que despertó entusiasmo y alegría respecto de la capacidad de los productores tradicionales de petróleo para fijar precios, el precio del barril se desplomó a partir de entonces y al cierre del semestre se encontró más de 21% por debajo de ese máximo.
Detrás del desplome de los petroprecios subyace un desarrollo asombroso: los productores de petróleo ya no son únicamente aquellos que tienen campos, sino aquellos que cuentan con la tecnología para exprimir pozos ya secos y dados por perdidos. Disponibilidad de petróleo y tecnología, eso es lo que se necesita para producir hidrocarburos estos días. Y lo que los mercados mostraron este último trimestre es que el menos en el corto y mediano plazo, la tecnología es más importante que la dotación de recursos.
Los ingenieros lo han sabido desde siempre: un pozo seco no es tal, sino que el exprimir la última gota ha dejado de ser económicamente viable. Pero de una década para acá los Estados Unidos inventaron la tecnología para exprimir lo que quedaba en los campos viejos a un costo casi tan competitivo como el que enfrentan los campos más jóvenes del Golfo Pérsico y otras latitudes.
El efecto que la aplicación de dichas tecnologías (shale oil) sobre el mercado ha sido tremenda: acabó alrededor del 2013 con un muy largo ciclo de precios altos incrementando la oferta disponible y convirtiendo a los Estados Unidos en un exportador luego de décadas de ser el mayor importador neto de crudo.
Los productores de shale oil estadounidenses sacudieron al mercado petrolero en una forma inesperada e inusitada, dejando perplejos a los tradicionales controladores del mercados (países árabes, Venezuela, Rusia y Noruega) y despojándolos de las estrategias que en cierta medida les habían servido para modular el mercado desde la crisis de los setenta.
El flujo continuo e imparable de shale oil al mercado enfureció al mayor jugador del mercado: Arabia Saudita, quien se negó durante meses a recortar la producción y dejarle el mercado a los mavericks estadounidenses que súbitamente se convirtieron en los grandes exportadores. Arabia mantuvo los precios muy bajos durante un período muy largo de tiempo con el fin de aplastar al shale oil, cuyos costos son mayores que los suyos, hasta sacarlos del mercado. O eso creyó.
Si, en efecto, los shale oil, muchos, no pudieron seguir produciendo con los precios bajos y salieron del mercado. Pero muchos, los suficientes, aguantaron y se quedaron. Y una mezcla de tecnologías mejoradas y apoyo financiero continuo les perimitió hibernar y sobrevivir. Y cuando Arabia y sus aliados recortaron producción y los precios subieron, los shale oil estaban allí listos para volver a producir, a menores costos, con redes mas eficientes, y con el apoyo de los Republicanos.
La producción de crudo de Estados Unidos se aproxima ya a los 10 millones de barriles diarios y Libia y Nigeria, que redujeron de bombear debido a problemas políticos y técnicos, están regresando al mercado, erosionando la capacidad de la OPEP para regular la oferta y mantener precios altos.
Los inventarios de crudo no han hecho mas que subir en los últimos meses, así que la única manera de acomodar la producción extra será reduciendo los precios. Lo anterior significa una cosa: que el mercado casi monopólico, modulado por la OPEP, ha sido fracturado casi definitivamente por la disrupción tecnológica
El acuerdo petrolero de la OPEO concluye en 2018, fecha en la cual aquellos productores que han contenido su producción y que han visto cómo los vaqueros del shale oil les comen el mercado decidirán si siguen contenidos o si por el contrario, bombean más petróleo de nuevo para sacar al shale oil de sus dominios. Si eso ocurre entonces el precio del crudo puede desplomarse de nuevo en el 2018, afectando las monedas de aquellas economías que dependan de esa materia prima para sus balanzas de pago.
Lo impresionante es lo poco que duró este mercado alcista y hasta dónde llegó. No se acercó remotamente siquiera al pico anterior de los 100 dólares y no se extendió por más de un año a pesar de contar con el apoyo de la OPEP y Rusia. El petróleo ya no es lo que era antes, sin du