sábado, 25 de junio de 2016

Londres Contra Inglaterra, ¿Listos Para El U-Turn?

Londres como metáfora. No existe en el mundo ciudad que epitomice la globalización como Londres. La hasta hoy capital británica sintetiza en su vida diaria el empuje de la economía global y sus consecuencias: una ciudad vibrante como ninguna, multicultural, multirracial, abierta y proyectada haca el futuro. Londres bien podría ser la capital del mundo, pero no la capital de Inglaterra.
De los cuatro países que conforman hasta hoy el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, dos votaron quedarse en Europa: Escocia e Irlanda del Norte, y dos votaron irse: Inglaterra y Gales. La división geográfica del voto sobre el #Brexit se sobrepone sobre dos realidades: la primera es tribal, los dos países con una historia propia que fueron anexados por los ingleses hace muchos siglos, Escocia e Irlanda del Norte, manifiestan su rechazo a la milenaria conquista de la que fueron objeto votando por Europa; la segunda realidad es más fundamental y general, y muestra cómo la Europa comunitaria, como casi todos las otras alternativas, no han traído a sus habitantes el bienestar y la felicidad que prometieron en su diseño.
El voto de Inglaterra es por ello sintomático. No existe ninguna otra ciudad en el mundo que haya sido tan beneficiada por el proceso de globalización como Londres. Podemos decir más incluso. Londres y la globalización son una y la misma cosa. Londres inventa la globalización y la globalización inventa a Londres tal y como la conocemos hoy. Londres votó mayoritariamente por quedarse en Europa por la sencilla razón de que alguien no puede separarse de si mismo: Londres es Europa.
Europa y la globalización sin embargo son grandes ideas, abstracciones que ilustran una realidad económica y cultural. Londres se encuentra en la llanura del Támesis en el centro de Inglaterra, y es esa Inglaterra la que ha votado dejar Europa, y por lo tanto ha votado por abandonar Londres. El racimo de medianas y pequeñas ciudades inglesas dejadas atrás por Europa y la globalización (es decir, por Londres), han dicho que no están de acuerdo con la forma en que Londres (es decir, Europa y la globalización) las han tratado los últimos años.
Cuando decimos que la globalización y la actual economía han producido un reducido número de ciudadanos vastamente beneficiados en un mar de ciudadanos con pocas oportunidades y magros salarios, espacialmente la ilustración de la desigualdad bien puede ser ilustrada por el contraste entre Londres y el resto de Inglaterra.
Los precios absolutamente delirantes de un metro cuadrado en Londres, la fastuosidad de sus tiendas, el delirio imperial de sus parques públicos, la petulancia intelectual de la City, la desbordante oferta cultural de la Tate Gallery, contrastan con el resto de Inglaterra: casi rural, poco integrada a la economía de Europa y del mundo, uniracial y temerosa de la migración como temieron los mil últimos años a los pocos invasores que pudieron poner pie en su adorada isla: los normandos y los vikingos.
Podemos decir que el voto del #Brexit en Inglaterra fue una protesta contra la globalización y sus élites. Al votar contra Europa, Inglaterra votó contra Londres. Al votar contra la globalización, Inglaterra votó contra un diseño del mundo bosquejado en su fastuosa capital. Fue una lucha de Inglaterra contra Londres, y Londres perdió.
Pero más allá de esa oposición geográfica, el #Brexit es una muestra de que la economía del mundo está a punto de dar una vuelta en U. Si, aquella a la que la Gran Maestra de la globalización, el gran genio conservador, la británica y londinense Margaret Tatcher alguna vez rechazó con inglesa ironía (“U-turn if you want, the Lady is not for turning). El #Brexit ha puesto en peligro la integridad de la Gran Bretaña, y en riesgo a la viabilidad de la Unión Europea y en al aire la suerte de la moneda común, el Euro. Ninguna de estas tres entidades tiene su futuro asegurado. Las tres están en peligro de modificarse de manera radical.
La globalización debe de continuar. La Europa unida con instituciones comunes y una moneda única es una buena idea. Europa debe de prevalecer y prolongarse. Pero claramente ni Europa, ni la globalización pueden seguir como hasta ahora. Debe de darse aquella U-Turn abjurada por Margaret Tatcher. El péndulo no debe de cambiar, va a cambiar. Es una cuestión de sobrevivencia para la economía global. Si no dan la vuelta en U desparecerán en una caos centrífugo de países separándose los unos de los otros hasta quedar meras tribus.

La globalización, y Europa con ella deben continuar, pero para continuar deberán de reconstruir el desmantelado Estado del bienestar, y para reconstruirlo de manera sustentable deberán de aumentar los impuestos a los deciles de mayores ingresos e incrementar los tributos corporativos. Deberán de subir los salarios y tendrán que reconstruir la desfondada red de seguridad social. El vilipendiado Estado del Bienestar regresará. Aunque no lo quieran, no hay alternativa. Si quieren que Europa y la Globalización continúen, y continuarán, es absolutamente necesario que los frutos de esos diseños se repartan de manera más equitativa, que los salarios vuelvan a crecer, que los impuestos suban, que el gasto público se expanda, que se remoce la infraestructura. El U-turn es inevitable, el péndulo ya ha dado la vuelta.

domingo, 19 de junio de 2016

De Economía Y Cosas Peores: Brexit Y España

Europa puede dejar de existir tal y como la conocemos esta semana. Dos de los países más importantes que conforman su economía irán a las urnas y los resultados podrían poner a la Unión en su ruta mediata de desintegración. El jueves el Reino Unido votará si permanece o no en la Unión Económica Europea (UE); y el domingo España votará de nuevo para tratar de conformar un gobierno que le ha eludido los últimos seis meses.
El voto británico alude directamente a la permanencia del país en la UE, y aunque el voto español no tiene ese carácter, la insurgencia de partidos críticos a la unión seguramente elevarán la tensión respecto del futuro inmediato y mediato del arreglo económico europeo, el cual ha mostrado en la última década la asimetría brutal de sus beneficios.
En el momento de escribir esta nota la salida de Gran Bretaña de la UE, el Brexit, es un volado. Las probabilidades de los dos resultados parecen parejas y sólo el asesinato de una diputada laborista parece haber balanceado los momios a favor de la permanencia. Aquí no hay medias tintas: el abandono de la unión por parte de la pérfida Albión sería un desastre económico para la economía insular en el muy corto plazo (de hecho, y en una muestra dramática de que la economía es percepción y anticipación, ya lo está siendo), pero el efecto más importante es el que tendría sobre la UE misma en el mediano plazo.
Si el Reino Unido abandona la Unión el mensaje será imposible de evitar: los costos de la misma son mayores que sus beneficios para muchos de sus miembros. Si la segunda economía de la UE la abandona, el avasallamiento teutón será aún más dramático y será inevitable que las asimetrías en contra de los países menos desarrollados se profundicen. Si la UE no logra compensar con igualdad social y simetría económica los efectos del Brexit, entonces el experimento comunitario tendrá sus días contados, y el verdadero efecto de la partida insular será no sobre la isla, sino sobre el continente entero y sobre su moneda común.
El voto en España tiene un propósito distinto por supuesto, pero el resultado de la jornada podría abonar a la complicación del arreglo económico de la unión. Los últimos seis meses España ha sido un país sin gobierno, pues los partidos mayores no han acordado una coalición capaz de formarlo. Todo apunta a que el próximo domingo la combinación de votos produzca un resultado similar, pero esta vez el partido mayoritario de la izquierda será Unidos Podemos, una constelación de agrupaciones tan a la izquierda de los socialistas del PSOE que el centro en España quedará irreconocible.
Incluso si los españoles dan una mayoría a una combinación del Partido Popular junto con su desprendimiento de Ciudadanos y el PSOE, el gobierno no será igual, y administrará un país que será muy sensible a los barruntos de desintegración de la UE. Unidos Podemos aglomera en España a los más excluidos de la Unión, a aquellos para quien la última década ha significado migración, desempleo, bajísimos salarios y precariedad. El hecho de que ese conglomerado político, que incluye al separatismo catalán, sea el vector de mayor crecimiento político en la arena española, y que esté a un paso del envejecido franquismo del PP, es una muestra de la fragilidad social que subtiende la terrible asimetría política de la Unión.
Luego de varias décadas en que la cohesión fue la fuerza predominante de la Unión, la última década ha atestiguado un brutal resurgimiento de las fuerzas centrifugas, aquellas que empujan no únicamente a la eclosión de la Unión, sino incluso de los países mismos que la integran: Bélgica quiere separarse en Wallonia y la Bélgica francesa; Cataluña quiere abandonar España; Escocia quiere desunirse del Reino Unido; Ucrania difícilmente es un país existente; el minúsculo Chipre quiere una partenogénesis; y Turquía recurre a la dictadura para evitar la fuga del Kurdistán.

Charles de Gaulle lamentaba una vez lo difícil que era gobernar un país, el suyo, en donde había más de doscientos tipos de quesos. Si factores lácteos son difíciles de conciliar, la historia de la UE ha mostrado lo complicado que es uniformar el mercado laboral en una zona geográfica en donde coexisten tantas (y tan bellas) lenguas. Si un mexicano se desemplea en Guerrero puede viajar casi dos mil kilómetros y trabajar en Tijuana. Si un español pierde su empleo y viaja dos mil kilómetros a Alemania, la barrera lingüística le impedirá conseguir un salario. La igualación de los salarios, que explica el éxito de economías continentales como Estados Unidos, Canadá o China, está limitada en Europa por la diversidad de idiomas. Y es eso, hablar en lenguas, a lo que se parecerá la Unión si los ingleses, los dueños de la lingua franca del continente, deciden poner el mar que los separa, de por medio.

domingo, 5 de junio de 2016

La Era De Los Rendimientos Negativos

En Alemania y en Chile algo raro está pasando: los precios de la energía, varios días al año, son negativos, es decir, las compañías pagan a sus clientes para que la consuman. En la comunidad del Euro, en Suecia y Dinamarca, las tasas de interés de sus bancos centrales son negativas, es decir, los bancos comerciales tienen que pagar para tener sus depósitos en los bancos centrales. En Suiza y en Alemania algunas emisiones de bonos de empresas globales han tenido rendimientos negativos, es decir, los inversionistas pagan por prestarles a esos grandes corporativos.
Los rendimientos negativos están por doquier: los actuales precios del acero implican que la siderurgia china no paga ni siquiera sus costos fijos; los precios del petróleo de hace pocas semanas significaban rendimientos negativos para la mayoría de los productores de crudo; el retorno de los fondos de pensiones, los grandes inversionistas del mundo, han sido negativos en varios casos en muchos lugares del mundo, comprometiendo la viabilidad del retiro de millones de personas si dicha tendencia no se revierte pronto.
El retorno negativo sobre los activos no es una anomalía, es un resultado esperado y pronosticado tanto por la economía clásica (Marx por ejemplo), y la neoclásica. Mi maestro Raúl Feliz por ejemplo, suele decir que la economía es una teoría sobre la curvatura, esto es, qué ocurre con la pendiente cuando nos acercamos al máximo: la pendiente disminuye. Los economistas llamaron a éste comportamiento los “rendimientos decrecientes”, lo cual se observa cuando en la función de producción uno de los insumos crece y su producto marginal, lo que añade la última unidad del insumo a la producción, cae.
Al añadir capital a la producción sin que se añada más trabajo, la rentabilidad de ese capital adicional caerá, y puede incluso llegar a cero o ser negativo, como ocurre por ejemplo con los paneles solares en Chile, con la siderurgia en China, con los pozos petroleros del mundo, etc. La conclusión es sencilla: existe un exceso de capital agregado en muchos sectores en el mundo que ha provocado rendimientos no únicamente decrecientes sino negativos incluso.
Las causas pueden ser diversas: una política deliberada de construir un país completo en China ha disparado la capacidad instalada en la siderurgia, y para enfrentar dicha demanda el resto del mundo construyó un exceso de capacidad en el sector de petróleo, etc. Lo cierto es que los rendimientos negativos, no sólo en términos reales, sino incluso nominales, deben de implicar que el rendimiento del capital es negativo y que la inversión nueva en dichos sectores tendrán un rendimiento menor a cero, denotando un exceso de capital respecto del factor trabajo.
¿Cómo resolver el problema del exceso de capital? ¿Cómo hacer que China ya no invierta en más altos hornos? ¿Cómo impedir que se sigan perforando nuevos pozos petroleros? ¿Cómo detener la instalación de paneles de solares adicionales y plantas de energías limpias por todas partes?
Los economistas conocen dos opciones para las preguntas anteriores: la solución del mercado, y la solución del planeador central. La primera se ilustra por ejemplo pensando que si los inversionistas ven que instalar un panel solar más, este panel tendrán un rendimiento negativo, no lo instalará y ubicará sus ahorros en otras inversiones más rentables, como una inversión financiera por ejemplo. Pero si las tasas de interés son negativas, la solución de mercado no funcionará: si el panel solar produce un rendimiento negativo menor a la tasa de interés negativa tendrá sentido poner ese último panel solar.
La solución del planeador central es aún más difícil. Si los planeadores chinos siguen construyendo ciudades nuevas para albergar a los millones de sus ciudadanos que emigran del campo a las ciudades seguirán apilando altos hornos para producir acero más allá de lo que el mundo puede consumir. Si los jerarcas iraníes, alejados del mercado global los últimos diez años, o el tirano de Venezuela no tienen otra forma de generar dólares mas que exportando petróleo incluso aunque los pozos pierdan dinero, seguirán perforando y sacando crudo del subsuelo incluso si los rendimientos son negativos.

Existe sin duda una relación directa entre el retorno del capital y las tasas de interés. El hecho de que en casi todo el mundo la tasa de interés sean negativas, incluso en términos nominales, implica rendimientos negativos del capital producidos quizá no por su ineficiencia, sino por su exceso. ¿Cómo eliminar ese exceso? Desde su destrucción, hasta la promoción de nuevas industrias en donde el capital es escaso la respuesta no es fácil. Nada fácil.

domingo, 22 de mayo de 2016

Las Tasas Altas Son Para El Verano

En diciembre pasado, y luego de un interregno de casi diez años de no remontar sus réditos de referencia, la Reserva Federal de los Estados Unidos (la Fed) colocó su tasa líder en 0.25%-0.5%, y dejó abierta la puerta para seguir escalando el costo de sus fondos a los bancos comerciales de su país, lo que de inmediato implica que el costo del financiamiento en la mayor economía, y en casi todo el mundo, tendría que incrementarse.
Pero apenas hubo subido las tasas los mercados reaccionaron de manera virulenta, y el período de enero a febrero de este año fue uno de los peores de los que se tenga memoria. Fue tan brutal la caída de las bolsas que la Fed vio secuestrada su estrategia de remontar los réditos por el pavor de los inversionistas y economistas a un desfondamiento de la economía global si dicha amenaza se materializaba.
La Fed tuvo que ser explícita respecto de poner en pausa su estrategia de alza, y los mercados se aliviaron, pero un par de datos recientes han puesto a la Fed de nuevo en guardia y quizá provoque que en su próxima reunión del 14-15 de junio los réditos de referencia vuelvan a elevarse en los EEUU, causando seguramente un alza en el costo de financiamiento de muchos países, incluyendo en México.
El par de datos consiste en las cifras del mercado laboral, especialmente en el crecimiento de los salarios, por un lado, y por otro en los números de inflación general en los Estados Unidos. Ambos datos sugieren que la prolongada expansión económica de los Estados Unidos que comenzó en 2009 y que hasta el momento prosigue, está causando presiones de costos y precios finales que la Fed debería de contener mediante un alza de sus tasas de corto plazo. Cierto, la evidencia no es conclusiva, y los niveles de inflación aún se encuentran dentro del rango fijado por la Fed, pero todo banquero central sabe que ser reactivo es no ser, y que adelantarse a la tendencia es la forma en que los bancos centrales logran sus mejores resultados y obtienen la confianza de los mercados y los inversionistas.
La inflación de abril fue de 0.4%, el alza mayor en tres años, y si bien la inflación anualizada es de 1.1%, la tendencia de corto plazo sugiere un aceleramiento de los precios. Más aún, con una tasa de interés de 0.5%, con la actual inflación los ahorradores estadounidenses están recibiendo una tasa negativa, por debajo de la inflación, y si bien tal resultado es el deseado por los bancos centrales para expandir el consumo, claramente la tasa de interés no es compatible con el ritmo de crecimiento de los precios. Claramente, y después de una expansión de casi siete años, la política monetaria aún no está en neutral sino que permanece en modo expansivo, y con la inflación asomando las narices el riesgo de que los mercados mengüen la credibilidad en la Fed, tan arduamente ganada, no es para menospreciarse.
Pero hay una razón un poco perversa por la cual las tasas quizá suban de nuevo en junio: la Fed necesita tener de dónde recortar en caso de que la ya anciana expansión estadounidense se revierta y una nueva recesión o algo peor estalle en los próximos meses. Si las cifras de producto y empleo, que a últimas fechas han salido más débiles de lo pronosticado, siguen flaqueando, la Fed necesitara costaidado.e la Fed, sera que veamos de aqus ra inflacien estos d la inflaci.
puramente la tasa de interñes noe los mercados yá anticiparse a un debilitamiento del ciclo económico así como quiere anticiparse ahora a un reanimación de los precios generales.
Siempre es ardua la misión de un banco central, calibrar con cuidado la preservación de la moneda por un lado, y el crecimiento de la economía por el otro. Muchas veces ambos objetivos son excluyentes y sólo se puede conseguir uno a costa del otro y la elección no es fácil nunca. Pero en esta ocasión, con el recuerdo de todo lo que se perdió en la salvaje crisis del 2008-2009 aun fresca, y con la memoria de la inflación tan lejana que nadie sabe lo que dicha palabra significa en estos días, para los banqueros centrales actuar contra la inflación es algo costoso y amenazar la recuperación económica lo es más aún. Creo que la Fed va a subir tasas en junio, así que tendremos en lugar de bicicletas, mayores réditos éste verano. Pero cada cifra que veamos de aquí a la junta de la Fed, será leída con muchísimo cuidado.


sábado, 7 de mayo de 2016

Las Consecuencias Económicas de Mister Trump

El retiro de sus últimos dos contendientes deja el camino despejado para que Donald Trump, el impresentable populista de derecha, sea el próximo abanderado republicano en la contienda presidencial de los EEUU. El avasallamiento del neoyorquino sobre sus rivales y la dirigencia republicana muestra dos cosas: la amplitud de su atractivo entre el electorado conservador; y el gigantesco error de cálculo con el que una y otra vez el liderazgo republicano ignoró primero y quiso contener después, la furiosa ola populista propulsando al magnate de bienes raíces convertido en líder político.
Donald Trump no es el idiota político que el liderazgo republicano y los medios liberales vieron al principio: es un astuto vendedor que sabe bien lo que los clientes quieren y eso lo hace un formidable líder de opinión. Más aún, con los bolsillos llenos, no tiene que hacer compromisos con sus financiadores que lo limiten. Su estilo verbal es todo lo contrario a la rectitud política que ha predominado en los últimos treinta años en que un consenso económico y político hacía que el centro, de derecha o de izquierda, dominara la escena político-financiera del mundo. Eso es lo que representa Trump, el desfonde del centro, la ruptura del Consenso de Washington, la rebelión, desde la derecha, de las reglas de política monetaria y fiscal moderadas que no han sido capaces de producir el bienestar necesario tras la eclosión de dicho modelo en 2008-2009.
Trump es la ira del hombre blanco, y eso lo hace extremadamente peligroso. Hasta ahora los radicalismos económicos y políticos, con la excepción del Front National de Francia, han sido marginales y testimoniales, pero esa mezcla de rechazo al Consenso de Washington con racismo frontal y descarado en un marco de débil crecimiento, bajos salarios y de extrema desigualdad económica es lo que hacen a Trump un fenómeno extremadamente peligroso pues las probabilidades de que gane la presidencia, si bien bajas, no son inexistentes, y más vale que hablemos de ellas porque lo peor que podríamos hacer es ignorarlas.
La ola de votantes que lo han encumbrado son mayoritariamente hombres blancos con poca educación, con ingresos de medios a bajos, un perfil demográfico que ha crecido como espuma en las últimas décadas en los EEUU al estancarse los salarios y la economía y acentuarse la desigualdad económica . Lo más asombroso del fenómeno Trump puede ser descrito por aquella perfecta redondilla de Sor Juana: “sois la ocasión de lo mismo que culpáis”, esos votantes víctimas de la desigualdad están encumbrando como su vocero a una de las mejores muestras de esa desigualdad: un billonario cuya fortuna no viene de su trabajo sino del trabajo de sus ancestros; la clase trabajadora blanca iracunda está alzando a alguien que, a diferencia de ellos, no trabajó para llegar a donde está, sino que nació allí ya. No lo votan por ser ejemplo, lo votan por ser blanco, varón, y vociferante.
Seguir apoyando a una chiva loca como Trump presenta peligros para todos, pero para comenzar, para la economía de los Estados Unidos. Quizá porque Donald Trump ha caída en bancarrota cuatro veces y ha manejado casinos, piensa que puede hacer lo mismo manejando un país. Son tantas las sinrazones económicas que la irreflenable bocaza de Trump profiere que basta una para descalificarlo como una opción viable para dirigir los destinos de los Estados Unidos: el 6 de mayo, el Donald declaró que cuando sea presidente se sentaría a negociar con los acreedores de los 19 billones (millones de millones) de dólares de la deuda de su país para negociar una quita del principal y así relanzar la economía de los Estados Unidos.
Si Donald Trump tuviera probabilidades de llegar a la presidencia los mercados se habrían desquiciado, las bolsas se habrían derrumbado, el dólar se habría hecho añicos y el oro se habría propulsado a máximos históricos. Pero el hecho de que los mercados hayan tomado las declaraciones como una puntada más del neoyorquino señalan la baja probabilidad que por el momento le asignan a su presidencia.

La presidencia Trump es un evento económicamente imposible por sus consecuencias, pero no improbable. Alguien acostumbrado a manejar casinos y financiar rascacielos a costa de defraudar a sus inversionistas y salirse con la suya con triquiñuelas sería el acabose para la economía del mundo. Pero los desastres ocurren a veces, y si Hillary Clinton no logra atraer a los votantes necesarios para imponerse, ese horrible mundo paralelo en dónde Donald Trump es rey, podría convertirse en el nuestro.