sábado, 23 de agosto de 2014

Samedis Romantiques: Mourir D'Aimer

En la efervescencia que siguió al Mayo Francés de 1968, en las calles de Marsella, un grupo de jóvenes del Liceo Saint-Exúpery participan en la revuelta. Uno de ellos, Christian Rossi, de dieciséis años, se encuentra allí a su maestra: Gabrielle Russier, y acaban, después de los días, enamorados.

Tras la aceptación inicial, los padres de Christian Rossi rechazan la relación. El chico se exilia en Alemania y a la maestra Russier la encarcelan, acusada de perversión de menores. Condenada a 13 meses de prisión, y mientras espera comparecer ante la Corte de Apelaciones para revocar su sentencia, Gabrielle Russier se suicida con gas.

De esa trágica historia de amour-fou, Charles Aznavour escribe una de sus más potentes creaciones: "Mourir d'aimer". En la letra de Aznavour se adivina la tragedia de Russier-Rossi, sobre todo en algunos de los versos finales: "Tu est le primtemps et moi l'automne/Ton cour se prends le mien se donne", pero toda la canción es una muestra del enorme talento literario y la capacidad de versificación de Aznavour, que años antes había ya cincelado obras maestras de la balada francesa.

"Mourir d'aimer", así, en infinitivo, no con el sustantivo. Es "morir de amar", no "morir de amor", como sería más natural en castellano.

La canción, (grabada y publicada antes del film del mismo nombre de André Cayatte, que con el mismo tema actuaron Anne Girardot y Brunon Pardal), se hizo enormemente popular y uno de los grandes éxitos del gigantesco Aznavour.

La han cantado miles. pero ninguno lo hace como él:

domingo, 22 de junio de 2014

Domingos Rancheros: Marxismo-Jimenizmo: Vámonos

"Yo no entiendo esas cosas/de las clases sociales"

El Gran Maestro de Dolores Hidalgo era un arriesgado versista. Usaba tropos inesperados, ritmos complicadísimos, metáforas difíciles que rayaban entre lo sublime y lo ridículo: destartalados autos blancos convertidos en largos caballos por la costa del Pacífico; octosílabos que narraban la agonía hípica de un abúlico jinete; perros negros; nubes enloquecidas; palomas queridas.

Pero a pesar de la fuerza lírica y dramática de su verso, el Maestro, quizá por la apatía propia de la sociedad mexicana de la época, quizá porque al fin de cuentas, no vale nada la vida, nunca transigió con la política. No usó nunca su música para mencionar si quiera de cerca los temas que en el vendaval ideológico de aquellos años de mitad de siglo desgarraba a jirones la discusión política del país.



Y sin embargo, "Vámonos", esa desafiante pieza de amor corajudo y afrentoso, esos versos proletarios ("que yo soy un canalla, y que tú eres decente") y ardidos, no distan mucho de ser un discurso rebelde: al menos en el amor, si bien no en los cielos de la ideología pura, se vale la igualdad y los deciles del amor son uno solo.

"Vámonos", es una muestra extrema de amour-fou, de entrega total y de total olvido, de abandono del mundo para estar en los brazos del ser amado, de romper con la vida para morir en el cuidado que más se desea.

De la pléiade de cantantes que han interpretado esta joya Marxista-Jimenizta, en éste Domingo Ranchero traemos no una, sino una constelación: Lola Beltrán y Miguel A Veces Mugía (la aliteración de los polivoces es irresistible).

Antes que existiera MTV, existía el cine mexicano, el cuál nos dejo cientos de grandes videoclips. este en particular es querido y entrañable. Dos de las mejores voces y talentos del ranchero interpretando ésta pieza de amour-fou del poeta de Dolores. Para disfrutarse.




domingo, 15 de junio de 2014

A La Búsqueda Del Crecimiento Perdido

Un fantasma recorre al mundo: el fantasma del crecimiento, porque el crecimiento en los últimos cinco años ha sido justo eso, un intangible y elusivo fantasma que no alcanza a corporeizares.                                                                                 

Perdonando la osadía de la paráfrasis proustiana del título, éste artículo busca exponer brevemente algunas de las complicaciones que las economías modernas enfrentan para poder volver a crecer en medio de la larga secuela del reventón de la burbuja crediticia de 2009.

La ausencia de crecimiento es global. No es privativa de México. Cuando la SHCP ajusta a la baja sus expectativas de crecimiento sólo está reconociendo un hecho irrefutable: las economías del mundo crecen menos de lo esperado. Vale la pena hacer aquí una aclaración: la cifra de crecimiento del primer trimestre de 2014 de los EEUU, de -1.1%, no es comparable directamente con el 1.8% de México para el mismo período. En EEUU la cifra se reporta a trimestres consecutivos desestacionalizado, mientras que en México las tasas informadas son trimestres interanuales. De todas formas el hecho es el mismo: el crecimiento es un espectro elusivo.

La rentabilidad del capital es muy baja: el libro del economista francés, Thomas Piketty, ha regresado a la palestra uno de los temas clásicos de la economía, el de la relación entre el capital y su rendimiento. Aparejado a ese tema se encuentra por supuesto el tema de la distribución de ese rendimiento, el cual forma el núcleo del discurso de Piketty , pero no es ese nuestro asunto por el momento.

Múltiples estudios parecen mostrar que la tasa de rendimiento del capital de los últimos años en promedio es baja respecto de la tendencia de largo plazo, esto ha hecho que la inversión sea más baja que el promedio de largo plazo también y por ello ha debilitado el crecimiento secular desde la explosión de la crisis del 2009 a la fecha. Irónicamente, la baja rentabilidad del capital puede deberse a un exceso del mismo; el capital es tan abundante que la productividad marginal del mismo es muy baja, si no es que negativa en algunos sectores.

La demanda es insuficiente: si el capital es tan abundante que la productividad marginal del mismo es muy baja, entonces quedan dos posibilidades; o se reduce el stock del capital existente para aumentar la productividad marginal, o se aumenta la demanda agregada mundial para que el exceso de capital sea relativizado por el mercado expandido.

Esta ultima salida es quizá la de más sencilla implementación, aunque políticamente, como la ha mostrado Paul Krugman, es la que enfrenta la mayor oposición. La satanización del gasto público y los déficits, con argumentos estrictamente ideológicos y no científicos ha limitado y constreñido el uso de ésta herramienta como una de las más útiles para producir la demanda suficiente para desatorar el nudo gordiano en el que se encuentran las economías del mundo.

Los intereses están en mínimos históricos: el reverso financiero del exceso de capital es justo, su costo. El capital es tan abundante que su costo, la tasa de interés, es prácticamente cero. El capital está siendo casi regalado y ni aún así la inversión se reactiva. ¿Por qué?

La respuesta a esta paradoja es que las tasas son tan bajas que si bien los demandantes de crédito tienen incentivos para pedir prestado, los oferentes no tienen incentivos para otorgarlo. Keynes llamaba a esta singularidad producida en las depresiones económicas como “la trampa de liquidez”, no importa cuánto dinero inyecten los bancos centrales en la economía, dicha liquidez no se convertirán en crédito debido a las pérdidas esperadas por los intermediarios bancarios.

La ausencia de progreso tecnológico: los economistas conservadores, quienes abominan de las soluciones keynesianas de estímulo de la demanda, gustan de decir que en el largo plazo lo único que determina el crecimiento es la innovación tecnológica. Keynes contestaba con una frase plena de flemático humor diciendo que “en el largo plazo, todos estamos muertos”. Y tenía razón. Esperar a que las oleadas de innovación shumpeterianas hagan de la suya y saquen de la economía del atolladero y no recurrir a los estímulos de demanda implica condenar aquí y ahora a centenas de millones de personas a una miseria económica y humanitaria incomprensible.

Pero en el largo plazo tienen razón, la innovación tecnológica es la única posible fuente de resolución de esta ausencia global de crecimiento económica. Pero hay un problema, como lo explicaban los economistas de los “ciclos económicos reales”, tan populares en la década del noventa del siglo pasado, la innovación tecnológica es aleatoria, no puede preverse ni programarse, y llegara cuando llegue, ni antes ni después.

Innovaciones incrementales, como los sismos en el Valle del Anáhuac, ocurren todos los días. Pero una innovación significativa, con implicaciones sísmicas, que conculquen al sistema económica como lo hicieron la computadora personal e internet, son impredecibles. Como un gran sismo lo es. Y lo que la economía global necesita es justo eso: un gran sismo tecnológico que nos saque del marasmo fantasmal de bajo crecimiento en que nos encontramos. 

domingo, 18 de mayo de 2014

Algunas Malas Máximas Sobre El Salario Mínimo

Los economistas tenemos un problema: nos tomamos nuestras palabras demasiado en serio y llegamos al límite de pensar que nuestras categorías, que son técnicas, pueden ser morales. El ejemplo más sobresaliente de ésta manía nuestra es la palabra “equilibrio”. Que un mercado esté en equilibrio significa tan sólo que la oferta y la demanda son iguales. Nada más. No quiere decir de ninguna manera que el resultado sea bueno socialmente. Puede serlo o no, pero ese es un asunto que será decidido por la moral social que llamamos política.

La palabra equilibrio en psicología (una mente equilibrada), en política (equilibrio de poderes) , tiene implicaciones positivas evidentes. Que un mercado esté en equilibrio puede no significar un resultado deseable para la sociedad en su conjunto. La palabra equilibrio en economía no está diseñada para eso. Consciente de ello, la profesión se creció una rama para lidiar justo con esos tipos de problemas que no pueden ser abordados desde la óptica limitada del equilibrio: ésta es la economía del bienestar.

Me detengo unos párrafos en los conceptos anteriores porque muchos de los argumentos que se han espetado en los últimos días contra el incremento en el salario mínimo se reducen a la noción primaria de equilibrio, y muchos de quienes han argumentado en contra de mejorar el salario mínimo en México lo que en realidad tienen en mente es el limitado concepto básico de equilibrio, y no elaboran en las mucho más complejas ideas que provienen de la economía del bienestar.

Uno de las herramientas más sólidas de la economía del bienestar es el llamado “óptimo de Pareto”. Vagamente ilustrado, un óptimo de Pareto es un estado que no puede modificarse sin afectar a uno de los participantes. Si podemos mejorar una situación beneficiando a uno sin afectar a los demás tendremos una mejora paretiana y por lo tanto la situación inicial no era óptima.

Por lo anterior, déjenme aventurar diciendo que los que hemos leído y escuchado desde algunas tribunas no son argumentos, sino máximas contra el salario mínimo: frase hechas y repetidas que, como atienden a la noción de equilibrio, y no el de bienestar, parecen verdaderas, o parecen buena, simplemente porque son lógicas, pero que no necesariamente son correctas en términos del bienestar general.

“Aumentar los salarios mínimos incrementa el desempleo”: ésta primera máxima en contra del mejoramiento de los mínimos parte del supuesto de que el mercado laboral está en equilibrio y que una alteración del salario sacará al mercado del mismo. Pero el salario es un precio, y como todo precio, al igual que la Jirafa de Monterroso, es relativo.

Si el trabajador aumenta lo que produce a una tasa mayor a la que le aumentan el salario mínimo entonces convendrá contratar a ese trabajador aunque se le pague más, pues lo que produce aumenta más que su costo. ¿Nos encontramos en esta situación en México, en dónde la productividad del trabajo sea mayor al incremento de los costos laborales? La respuesta es claramente sí.

“Aumentar el salario mínimo reducirá la competitividad de la economía mexicana”: Una vez cubiertos los impuestos, el reparto de lo producido se da entre las ganancias y los salarios: si lo que reciben las ganancias en México se encuentra dentro de lo que se recibe por estos conceptos en las economías con las que México tiene mayor intercambio comercial, se puede dar un incremento en los salarios mínimos sin que éste merme la competitividad salarial del país.

Más aún, si aumentamos en casa los salarios mínimos al tiempo que los salarios en China, que es nuestro principal competidor, y los Estados Unidos, que es nuestro principal mercado, están aumentando sus costos laborales, podemos movernos en la misma proporción sin que esto mude nuestra competitividad.

“Aumentar los salarios mínimos incrementa la inflación”: éste argumento, en un contexto en dónde en Japón, Europa, y los Estados Unidos, así como en otros países, el gran y eminente riesgo es la deflación, es bastante simpático. La inflación se encuentra lejos del radar de las principales economías del mundo, y lo contrario, la deflación, es el motivo de la mayor preocupación.

Una economía funciona muy distinta cuando está cerca del pleno empleo que cuando existe una alta capacidad ociosa, incluso en ésta última situación los resultados pueden parecer de hecho, contraintuitivos.

De nuevo, aquí el argumento es la productividad: si los costos laborales aumentan a un ritmo menor que la productividad del trabajo, no deberían de existir presiones inflacionarias. ¿Estamos en ésta situación en México? La respuesta, con datos duros, es sí.

El salario es el nombre que recibe la cuota que va al trabajador de los ingresos obtenidos por la venta de lo producido, las otras dos partes en que se dividen esos ingresos se llaman impuestos (que van al gobierno), y ganancias (que van a los que poseen el capital).  Si aumentamos los salarios en perjuicio de las ganancias ¿Podemos tener una mejora paretiana?


Es fácil ilustrar entonces cómo podemos generar un óptimo de Pareto en la economía mexicana: si aumentamos los salarios mínimos, ese ingreso adicional será gastado, aumentando el consumo y la demanda y por lo tanto incrementando la masa de las ganancias. Veámoslo así, no en términos del equilibrio parcial del mercado laboral, sino en términos del bienestar general.

domingo, 11 de mayo de 2014

Reducir La Desigualdad Es Un Gran Negocio

La aceptación de que uno de los problemas económicos fundamentales de los últimos años es la creciente desigualdad entre los más ricos y los más pobres es casi generalizada, tanto en los ámbitos económico como en el políticos, y en los medios. Discutir sobre la lacerante desigualdad que caracteriza la sociedad de estos años se ha vuelto ya parte del discurso convencional y ha obligado a todos los flancos del espectro político a tomar una posición al respecto.

Es indiscutible que la proporción de los ingresos, y más aún de los activos que en prácticamente todas las economías reciben un porcentaje harto minoritario  de la sociedad es desproporcionado respecto de los ingresos y activos mínimos que detentan la inmensa mayoría de la población. Esa característica, que es un hecho estilizado del capitalismo, se ha venido agravando de manera afrentosa en las últimas dos o tres décadas, y es difícil argumentar que dicha desigualdad no pone en riesgo la concordia entre los miembros de las comunidades.

¿Cómo revertir la excesiva concentración de ingresos y riqueza en cada vez menos titulares? O lo que es equivalente ¿Cómo hacer para que la inmensa mayoría de los miembros de la comunidad vivan mejor?

La gran mayoría de la población, que cada vez detenta una parte cada vez menor de la renta y de la riqueza de las naciones tiene a su vez, varios problemas. Por un lado están aquellos que no tiene un trabajo, aquellos millones de personas en todo el mundo que fueron demisionadas de sus empleos durante la ardua crisis de 2008-2009 y que aún no recuperan sus puestos en el mercado laboral, a quienes se han añadido millones de jóvenes que se han incorporado al mercado de trabajo sin poder encontrar uno.

Para esos millones de personas que no tienen ni ingresos ni activos debido a que no tienen empleo, los remedios de corto plazo no son muy variados: subsidios, transferencias, subvenciones. En lo que la economía se reactiva y se crean nuevos empleos en sectores que revivan y vuelvan a absorber a los millones de trabajadores expulsados por la crisis de hace cinco años, la única manera de evitar el desgaste humanitario que implica el desempleo de largo plazo y la falta de oportunidades para los jóvenes es a través de apoyos cuyo costo debe de ser computado en el déficit público de largo plazo.

Pero existe otro problema aún más desconcertante: que el ingreso que reciben aquellos que están empleados no es suficiente para vivir con dignidad. Aquél que trabaja, aquél que detenta un empleo formal y que durante ocho horas al día o más se esfuerza y sirve, no debería de ser pobre. La más decente moral, aún del capitalismo más salvaje debería de sustentarse en la premisa de que aquél que trabaja no debe de ser pobre. La pobreza debería de estar acotada a aquellos que no tienen la fortuna de poseer un empleo, pero aquellos que laboran con todas las de la ley, pagan sus impuestos y cumplen con las reglas de la economía formal, deberían de gozar de un sueldo que les permita vivir felices y progresar.

Si el capitalismo falla en eso, si el capitalismo no retribuye a aquellos que trabaja con el ingreso y los activos para vivir por encima de la línea de pobreza, entonces el mensaje es equívocamente claro: es mejor la informalidad y la ilegalidad para poder trascender la pobreza y tener una vida patrimonialmente digna y adecuada.

La discusión sobre el salario mínimo, antes de descansar sobre argumentos económicos, tiene un sustrato moral: aquél que trabaja no debería de ser pobre. El salario que recibe debería de ser suficiente para que quienes trabajen y su familia prosperen y sean felices. ¿Por qué el salario es insuficiente para salir de la pobreza y los dividendos son pletóricos y dan a quienes los devengan una riqueza tal que se necesitarían varias generaciones para consumirse?

Un salario mínimo suficiente para poner a quienes lo devengan por encima de la línea de pobreza debería de ser una condición sine qua non del capitalismo: la garantía de que apegarse a las leyes y a las normas es lo adecuado. Que el salario se deteriore a la par que los dividendos suben crea sin duda un incentivo de superación y retribuye a aquellos que toman riesgos y contribuyen a la sociedad con su inventiva y su emprendurismo, pero si la brecha entre las dos fuentes de ingreso sigue creciendo la estabilidad de la comunidad de los hombres y mujeres estará a no dudarlo, comprometida.
Un aumento del salario mínimo no sería inflacionario si su variación es menor al crecimiento de la productividad laboral, lo que ocurre en la mayoría de las economías industrializadas, la mexicana incluida. Un aumento en el salario mínimo no debería de modificar la competitividad de una economía si los principales socios comerciales de un bloque ajustan sus salarios mínimos en proporciones similares con cierta sincronía.

¿Qué un aumento en el salario mínimo tendrá un efecto sobre las ganancias? Depende. Seguro, se disminuiría el porcentaje que las ganancias representan del producto interno de una nación, y el porcentaje correspondiente a los salarios aumentaría, revirtiendo una concentración del ingreso nacional en manos de los beneficios que se encuentra en su punta más alto de más de medio siglo.

Pero si bien el porcentaje de beneficios podría disminuir, el monto de los mismos seguro aumentaría. Un aumento razonable del salario mínimo haría crecer el ingreso de la mayoría, la cual se destinaría casi en su totalidad al consumo, aumentando el tamaño del mercado y el producto interno, elevando así el monto de las ganancias aunque la proporción de las mismas dentro del total disminuyera.


Una masa creciente de pobres es un pésimo negocio. Nunca en la historia de las economías modernas la masa indigente fue mejor negocio que una mayoría próspera. No nos engañemos: mejorar los salarios mínimos es un buen negocio.

domingo, 13 de abril de 2014

Monetarismo: Réquiem y Renacimiento

En algún momento de nuestras carreras, todos los economistas somos monetaristas. A algunos se nos quita, otros nunca dejan de serlo, e incluso quienes dejamos de serlo, de repente en el insomnio o en la vigilia, repetimos para nuestros adentros el dictum inscrito en el templo de Friedman: “la inflación es en todo lugar y momento, un fenómeno monetario”.

La lógica monetarista es impecable: si el circulante aumenta a una tasa mayor a la que aumenta el producto interno, habrá más dinero persiguiendo menos bienes y por lo tanto tendrá que haber forzosamente un incremento en los precios. Inapelable. Este argumento tiene su raíz en un axioma matemático sencillísimo: es el promedio del cociente de dos tasas de crecimiento. No hay como refutarlo.

Pero así como los cínicos refutaban el sofisma de Zenón de Helea sobre la imposibilidad del movimiento lanzando una flecha que daba en el blanco, los economistas de estos días podemos demostrar cínicamente la invalidez del argumento monetarista asomándonos por la ventana y mostrando (no demostrando), que la mayor inyección de liquidez de los bancos centrales al sistema financiero de la historia, la llevada a cabo de 2009 hasta la fecha, no ha producido un gramo de inflación.


Muy por el contrario, el peligro inminente en Europa es el de deflación, la de una secuencia prolongada de caída en los precios. En Grecia, Portugal, en España, e incluso en algunos sectores en Alemania los precios no únicamente no están subiendo, sino que están cayendo. Las tasas de interés más bajas de la historia en Europa, las cuales reflejan la inyección ingente de liquidez de los banqueros centrales en el sistema financiero, han tenido el efecto absolutamente contrario al predicho por los modelos monetaristas, y no sólo en Europa. En Japón, la deflación y la inyección de liquidez han convivido por más de dos décadas, y en los Estados Unidos, en donde la inyección de liquidez por parte de la Fed es la más vasta en 90 años, la inflación se encuentra en sus niveles mínimos de otros tantos.

El monetarismo, en tanto escuela que liga la emisión de moneda a la inflación está completamente muerto. Su obsesión por vigilar a los llamados “agregados monetarios” como un predictor adelantado de inflación, es un esfuerzo risible e inútil. Gerald Bouey, el cuarto gobernador del Banco Central de Canadá, lo puso en una lacónica y preciosa frase: “nosotros no abandonamos los agregados monetarios, ellos nos abandonaron a nosotros”. La cantidad de dinero en circulación no tiene empíricamente ninguna relación con la inflación medida por los bancos centrales. El monetarismo está tan muerto como la inflación que tanto teme.

Y sin embargo, el monetarismo no estuvo tan vivo como hoy.

Hay dos razones por las cuales el monetarismo no funciona, y que en el momento que esas dos razones se consideran, el argumento monetarista renace lleno de utilidad y capacidad predictiva.

La primera es que la inflación que tanto teme el monetarismo que explote en cuanto se inyecte liquidez al sistema está mal medida. La inflación en todos los índices del mundo mayoritariamente se mide con base en precios de consumo corriente, de bienes que consumimos y desaparecen: alimentos, indumentaria, esparcimiento, servicios de comunicación, la renta del mes, etc. Todos estos artículos desaparecen al consumirse.

Pero la inflación más importante de los últimos treinta años no ha sido en esos bienes y servicios medidos por los índices de precios, sino en los activos, en ese cúmulo de bienes que no se consumen con su uso: casas, oro, plata, y bonos y acciones. Es allí, en los activos, en donde muy probablemente la inyección de liquidez de los bancos centrales esté causando la inflación que no aparece en los índices usuales, es allí, en los mercados de activos, en donde el dictum monetarista se sostiene incólume.

Y es justa esa razón por la cual el monetarismo falla: como la inflación de activos, es decir, las burbujas especulativas, son producidas por los mercados, y el monetarismo cree en la eficiencia de los mercados como un dogma de principio, el monetarismo no puede ver la validación de su argumento. Pero es cierto, son los mercados, es más, los mercados eficientes, quienes provocan las burbujas especulativas entre los activos (bonos, acciones, hipotecas, commodities)  al canalizar hacia ellos la liquidez inyectada por los bancos centrales. Si los monetaristas no vieran a los mercados como la manifestación impoluta de una divinidad platónica infalible, y aceptaran que la eficiencia misma de los mercados produce necesariamente fenómenos irracionales como las burbujas especulativas, le harían un gran favor a su argumento fundante.

Existen una segunda razón que el monetarismo debería de corregir: que ya no hay economías cerradas. Los padres fundadores de la escuela pensaban que si la Fed metía dinero a la circulación, eventualmente producirían un rebote inflacionario en algún rincón de Alabama o de Idaho. Pero por muy grande que sean los Estados Unidos, son una aldea, y la apertura de mercados que ellos mismo propugnaron con tanta fe, va en detrimento del poder predictivo de su argumento fundante, pues esa apertura de mercados provoca que la inyección de liquidez de la Fed de estos años provoque un aumento en los precios de los bonos o de las acciones en Turquía, en México, en las monedas de Brasil y de Sudáfrica, o en bonos hipotecarios o en el mercado inmobiliario de Indonesia o de Dubai.

La inflación está muerta éstos años, pero el exceso de circulante sigue produciendo aumentos en los precios, sólo que en mercados que el monetarismo no pensó que fuera posible. El muerto monetarismo sigue vivo, pero no en su forma original, y no bajo sus premisas fundantes, y eso tiene consecuencias muy importantes respecto de la forma en que podremos salir de este marasmo.




domingo, 6 de abril de 2014

La Apuesta Por La Infraestructura

Lo que la economía de nuestro país necesita podría sintetizarse en una sola palabra: infraestructura, es decir, la inversión en capital general, esto es, capital que sirve para todas las empresas y para todas las familias de manera no exclusiva.

La infraestructura es el bien público por excelencia, se construye para todos y todos podemos disfrutarla, en algunos casos previa pago de una tarifa. Pero como todos la disfrutamos existe la posibilidad de que algunos que la disfruten, no paguen por ella, que decidan tomar una actitud de polizontes.


Llevo varios semestres tratando de convencer a la Universidad Nacional de que debemos de impartir uno o dos cursos sobre financiamiento de infraestructura en la curricula de varias carreras, no he tenido mucho éxito hasta ahora a pesar de la comprensión de las autoridades al argumento de la urgencia enorme de contar con profesionales que sepan los complicados procedimientos necesarios para financiar los grandes proyectos de infraestructura que el país requiere.

La infraestructura tiene un problema complicado, como mencionábamos al principio, es una necesidad de todos, y por lo tanto requiere de la voluntad y el esfuerzo de todos (es decir, del Estado), para concretarse. El segundo es que es extremadamente costosa, tan costosa que no puede ser solventada por un solo actor y requiere por lo general del esfuerzo financiero de todos, es decir, tiene que ser financiada con impuestos, o con las tarifas de quienes la usan, esto es, requiere de nuevo, de la participación del Estado.

En efecto, una de las formas de ver al Estado es como un ente que es la suma de todos, fiscal y políticamente. El Estado puede y debe actuar en nombre de los miembros de un colectivo, y por lo tanto puede y debe tomar acciones que un individuo por sí solo no puede emprender. La infraestructura es uno de los casos típicos y en esta ocasión urgente, de acción del Estado.

Si el Estado está fiscalmente comprometido, como lo estuvo el Estado mexicano desde 1982 hasta 1997 más o menos, entonces no podrá emprender los grandes proyectos de infraestructura que necesitamos todos, sólo un Estado fiscalmente sólido (y de allí la importancia crucial de la reforma fiscal), podrá tener la capacidad intertemporal de financiar los enormes proyectos de infraestructura que servirán a todas las empresas y familias del país.

Pero ni siquiera el Estado fiscalmente más sólido del mundo (y en estos años, eso es avis rara) puede emprender bajo el mecanismo tradicional de Obra Pública los proyectos necesarios para cumplir con las necesidades de las economías modernas.

Basta echarle una ojeada al estado de la infraestructura en los Estados Unidos, a las calles de San Francisco, al puerto de Los Angeles, a sus aeropuertos, a la disponibilidad de banda ancha en los espacios públicos. Incluso la economía más poderosa del mundo tiene carencias de infraestructura notables que constriñen el crecimiento potencial de su producto interno.
En México sufrimos una auténtica catástrofe. Justo cuando la pirámide poblacional estaba a punto de entrar en su parte más dinámica, con la población en edad de trabajar representando la mayoría de la población total, lo que se ha dado en llamar el bono demográfico, el país entra en un período de quiebras fiscales y financieras sucesivas: en 1976, 1982 y de nuevo, en 1994.

Esa confluencia fatal de un Estado fiscal y financieramente quebrado por casi treinta años ininterrumpidos y el bono demográfico potenció las carencias que el país tiene en materia de infraestructura. A lo anterior se añadió un agravante: en ese período también, y dado que la quiebra fiscal fue causada por crisis de balanza de pagos que tuvieron que resolverse exportando lo más posible, el norte del país se convirtió en el eje industrial y exportador de la nación.

En términos de infraestructura la geografía del país representa un reto peculiar: el norte es anchísimo y el sur es estrecho. Al industrializar el norte del país, lo cual era natural pues la cercanía reduce el costo de exportación hacia el principal mercado del mundo, los requerimientos de infraestructura se exponenciaron. Aún hoy no existe una forma directa de conectar el extenso norte del país: para ir de Tijuana a Matamoros es más fácil bajar al centro del país primero, no existe un corredor transversal que una al norte de México, la infraestructura sigue siendo radial, centrada en la capital de la nación, a pesar de la importancia que el norte de México reviste no únicamente para la economía nacional, sino para la de los Estados Unidos.

La ausencia de una articulación multimodal del norte de México, uno de los corredores industriales más importantes del mundo, es apenas uno de los muchos proyectos pendientes de infraestructura en el país: la recién abierta carretera Mazatlán-Durango; el eje Ciudad de México-Tuxpan; el sistema Mitla-Tehuantepec; todos ellos abiertos recientemente o a punto de abrirse, apenas comienza a subsanar una parte menor de los enormes requerimientos de infraestructura del país.

Pero es tanto lo que falta que costearlo produce mareos: un puerto completo, quizá dos en el Pacífico; una remodelación completa del puerto de Veracruz y la conclusión y expansión de Altamira; ampliación de la capacidad aérea y portuaria en la Península de Yucatán; multiplicar la red ferroviaria de la nación; conectar con Metro y/o red de suburbanos las principales zonas metropolitanas del país; un aeropuerto nuevo para el Valle de México y la ampliación de la capacidad de los de Guadalajara, Hermosillo y Chihuahua; completar los corredores transoceánicos (Mazatlán-Matamoros; Manzanill-Laredo; Tehuantepec-Coatzacoalcos); ampliación de los grandes ejes multimodales que comunican el Valle de México con el norte (México-Laredo; México-Piedras-Negras; México-Tijuana).

El tímido listado del párrafo anterior se limita tan sólo a las necesidades en términos de transporte y de movilidad, y no incluye un solo proyecto de comunicaciones, en donde las inversiones son igual o más acuciantes: la densidad de banda ancha del país, la rapidez de la conexión; la accesibilidad a la red de satélites de todo el territorio; la penetración de dispositivos móviles entre la población; etc., son algunos de los temas pendientes en materia de comunicación.

La lista es interminable: las necesidades de inversión en agua para el Valle de México y el norte del país; el desarrollo de nuevos y más eficientes distritos de riego que ahorren el agua que se filtra al subsuelo; el tratamiento de aguas residuales en donde México tiene uno de los índices más bajos en la OCDE; la actualización y mejoramiento en la red de distribución de energía, la migración a la red de 230; el mejoramiento de la red hospitalaria de México; el listado y los montos necesarios para invertir son tan vastos que se necesitaría el doble de lo que ahora se canaliza a inversión como porcentaje del PIB para comenzar a equiparar el equipamiento de capital de infraestructura mexicano a los estándares de nuestros principales socios económicos.

¿Cómo financiar hoy los proyectos que necesitamos para el mañana inmediato? El Estado mexicano enfrentó éste dilema en los años del cincuenta al setenta de la manera más ineficiente posible: con déficits y deuda pública. Fue un error fatal. Un cálculo muy sencillo que muestre el monto necesario para financiar los proyectos aquí esbozados como porcentaje del PIB habría bastado para soterrar toda megalomanía. Creyéndose imperiales, los presidentes de aquellos años se embarcaron en una retahíla de obras públicas que acabaron por quebrar al Estado.

La obra pública en ocasiones no sólo es incosteable, sino ineficiente técnicamente. El Estado no tiene a los mejores ingenieros porque su labor no es construir sino proveer los servicios resultantes. El Estado debe saber escuchar y trabajar con el sector privado para llevar acabo los proyectos de infraestructura más complejos. Esos proyectos no son rentables desde la óptica privada, pero si lo son bajo la óptica social. La asociación del público con el privado deberían de producir una mezcla deseable de factibilidad y rentabilidad económica que se traduciría en más infraestructura el menor costo fiscal posible.

En los últimos quince años esa nueva forma de hacer infraestructura, mediante asociaciones púbico-privadas ha ido ganando pie en México. Generar una asociación pública y privada es harto complejo y consume muchísimo tiempo, pero el resultado es una infraestructura mejor pensada, mejor ejecutada, y mejor mantenida y operada. Es esta la forma, no hay duda, en que la infraestructura que se necesita debe de ejecutarse: la obra pública debe ser apenas una de las opciones en el expediente que debe usarse en las ocasiones en que los proyectos son de baja rentabilidad económica, con altos riesgos de construcción, o de urgente aplicación.

Una cosa más necesitamos: ingenieros civiles. El México moderno fue construido por una generación extraordinaria de ingenieros civiles, capitaneados por uno de los mexicanos más brillantes que hemos tenido: Bernardo Quintana. La generación del ingeniero Quintana construyó ésta país geológicamente complejísimo al albergue de un Estado autoritario y con una enorme capacidad de maniobra política. Cuando ese Estado quiebra durante la larga postración económica de 1976-1996, una generación completa de mexicanos o quizá dos, olvidan a la ingeniería civil como una de sus opciones profesionales ante el derrumbe estrepitoso del gasto en infraestructura.

El efecto que la caída en la matrícula de la carrera de ingeniero civil ha tenido en el PIB potencial del país seguramente es muy significativo. Ha creado un considerable cuello de botella. Pienso en el Ingeniero Quintana, en el Ingeniero Slim, en el Ingeniero Mendoza Fernández, y luego me cuesta trabajo pensar en un ingeniero de la siguiente generación, o de la siguiente. Incluso en este momento, en que la inversión en infraestructura se encuentra lejos del ritmo que necesitamos, nos hacen falta ya ingenieros.

Tenemos suerte que una de las economías que más ingenieros produjo en los últimos treinta años, España, se encuentre en una profunda depresión y que hablemos el mismo idioma. Si fuéramos listos como país deberíamos de estar incentivando por todos los medios una nueva ola migratoria de españoles hacia México, debemos de importar ese capital humano que descuidamos en México en los últimos treinta años pero que tan bien se produjo en España.

El reto de la economía mexicana por primera vez en un par de generaciones no es la falta de dinero. Este es pletórico, las Afores tienen recursos para financiar una buena parte de los requerimientos de infraestructura. Lo que necesitamos es capacidad de ejecución: la imaginación y el talento para que ese ahorro de largo plazo se convierta en inversión de largo plazo. Sería imperdonable que dejáramos pasar esta irrepetible oportunidad.

Hace unos años el magistral ensayista que es Gabriel Zaid tipificaba la política fiscal de López Portillo con un título lapidario y definitorio, lo llamaba “un presidente apostador” por su irresponsable dependencia en los déficits y la deuda que apostaban a que las condiciones de liquidez de los mercados, que bañaban con crédito a México, serían eternas. Treinta años después debemos de volver a apostar, pero ésta vez por la infraestructura, no por los déficits, esta es la apuesta que vale la pena.