domingo, 13 de abril de 2014

Monetarismo: Réquiem y Renacimiento

En algún momento de nuestras carreras, todos los economistas somos monetaristas. A algunos se nos quita, otros nunca dejan de serlo, e incluso quienes dejamos de serlo, de repente en el insomnio o en la vigilia, repetimos para nuestros adentros el dictum inscrito en el templo de Friedman: “la inflación es en todo lugar y momento, un fenómeno monetario”.

La lógica monetarista es impecable: si el circulante aumenta a una tasa mayor a la que aumenta el producto interno, habrá más dinero persiguiendo menos bienes y por lo tanto tendrá que haber forzosamente un incremento en los precios. Inapelable. Este argumento tiene su raíz en un axioma matemático sencillísimo: es el promedio del cociente de dos tasas de crecimiento. No hay como refutarlo.

Pero así como los cínicos refutaban el sofisma de Zenón de Helea sobre la imposibilidad del movimiento lanzando una flecha que daba en el blanco, los economistas de estos días podemos demostrar cínicamente la invalidez del argumento monetarista asomándonos por la ventana y mostrando (no demostrando), que la mayor inyección de liquidez de los bancos centrales al sistema financiero de la historia, la llevada a cabo de 2009 hasta la fecha, no ha producido un gramo de inflación.


Muy por el contrario, el peligro inminente en Europa es el de deflación, la de una secuencia prolongada de caída en los precios. En Grecia, Portugal, en España, e incluso en algunos sectores en Alemania los precios no únicamente no están subiendo, sino que están cayendo. Las tasas de interés más bajas de la historia en Europa, las cuales reflejan la inyección ingente de liquidez de los banqueros centrales en el sistema financiero, han tenido el efecto absolutamente contrario al predicho por los modelos monetaristas, y no sólo en Europa. En Japón, la deflación y la inyección de liquidez han convivido por más de dos décadas, y en los Estados Unidos, en donde la inyección de liquidez por parte de la Fed es la más vasta en 90 años, la inflación se encuentra en sus niveles mínimos de otros tantos.

El monetarismo, en tanto escuela que liga la emisión de moneda a la inflación está completamente muerto. Su obsesión por vigilar a los llamados “agregados monetarios” como un predictor adelantado de inflación, es un esfuerzo risible e inútil. Gerald Bouey, el cuarto gobernador del Banco Central de Canadá, lo puso en una lacónica y preciosa frase: “nosotros no abandonamos los agregados monetarios, ellos nos abandonaron a nosotros”. La cantidad de dinero en circulación no tiene empíricamente ninguna relación con la inflación medida por los bancos centrales. El monetarismo está tan muerto como la inflación que tanto teme.

Y sin embargo, el monetarismo no estuvo tan vivo como hoy.

Hay dos razones por las cuales el monetarismo no funciona, y que en el momento que esas dos razones se consideran, el argumento monetarista renace lleno de utilidad y capacidad predictiva.

La primera es que la inflación que tanto teme el monetarismo que explote en cuanto se inyecte liquidez al sistema está mal medida. La inflación en todos los índices del mundo mayoritariamente se mide con base en precios de consumo corriente, de bienes que consumimos y desaparecen: alimentos, indumentaria, esparcimiento, servicios de comunicación, la renta del mes, etc. Todos estos artículos desaparecen al consumirse.

Pero la inflación más importante de los últimos treinta años no ha sido en esos bienes y servicios medidos por los índices de precios, sino en los activos, en ese cúmulo de bienes que no se consumen con su uso: casas, oro, plata, y bonos y acciones. Es allí, en los activos, en donde muy probablemente la inyección de liquidez de los bancos centrales esté causando la inflación que no aparece en los índices usuales, es allí, en los mercados de activos, en donde el dictum monetarista se sostiene incólume.

Y es justa esa razón por la cual el monetarismo falla: como la inflación de activos, es decir, las burbujas especulativas, son producidas por los mercados, y el monetarismo cree en la eficiencia de los mercados como un dogma de principio, el monetarismo no puede ver la validación de su argumento. Pero es cierto, son los mercados, es más, los mercados eficientes, quienes provocan las burbujas especulativas entre los activos (bonos, acciones, hipotecas, commodities)  al canalizar hacia ellos la liquidez inyectada por los bancos centrales. Si los monetaristas no vieran a los mercados como la manifestación impoluta de una divinidad platónica infalible, y aceptaran que la eficiencia misma de los mercados produce necesariamente fenómenos irracionales como las burbujas especulativas, le harían un gran favor a su argumento fundante.

Existen una segunda razón que el monetarismo debería de corregir: que ya no hay economías cerradas. Los padres fundadores de la escuela pensaban que si la Fed metía dinero a la circulación, eventualmente producirían un rebote inflacionario en algún rincón de Alabama o de Idaho. Pero por muy grande que sean los Estados Unidos, son una aldea, y la apertura de mercados que ellos mismo propugnaron con tanta fe, va en detrimento del poder predictivo de su argumento fundante, pues esa apertura de mercados provoca que la inyección de liquidez de la Fed de estos años provoque un aumento en los precios de los bonos o de las acciones en Turquía, en México, en las monedas de Brasil y de Sudáfrica, o en bonos hipotecarios o en el mercado inmobiliario de Indonesia o de Dubai.

La inflación está muerta éstos años, pero el exceso de circulante sigue produciendo aumentos en los precios, sólo que en mercados que el monetarismo no pensó que fuera posible. El muerto monetarismo sigue vivo, pero no en su forma original, y no bajo sus premisas fundantes, y eso tiene consecuencias muy importantes respecto de la forma en que podremos salir de este marasmo.




domingo, 6 de abril de 2014

La Apuesta Por La Infraestructura

Lo que la economía de nuestro país necesita podría sintetizarse en una sola palabra: infraestructura, es decir, la inversión en capital general, esto es, capital que sirve para todas las empresas y para todas las familias de manera no exclusiva.

La infraestructura es el bien público por excelencia, se construye para todos y todos podemos disfrutarla, en algunos casos previa pago de una tarifa. Pero como todos la disfrutamos existe la posibilidad de que algunos que la disfruten, no paguen por ella, que decidan tomar una actitud de polizontes.


Llevo varios semestres tratando de convencer a la Universidad Nacional de que debemos de impartir uno o dos cursos sobre financiamiento de infraestructura en la curricula de varias carreras, no he tenido mucho éxito hasta ahora a pesar de la comprensión de las autoridades al argumento de la urgencia enorme de contar con profesionales que sepan los complicados procedimientos necesarios para financiar los grandes proyectos de infraestructura que el país requiere.

La infraestructura tiene un problema complicado, como mencionábamos al principio, es una necesidad de todos, y por lo tanto requiere de la voluntad y el esfuerzo de todos (es decir, del Estado), para concretarse. El segundo es que es extremadamente costosa, tan costosa que no puede ser solventada por un solo actor y requiere por lo general del esfuerzo financiero de todos, es decir, tiene que ser financiada con impuestos, o con las tarifas de quienes la usan, esto es, requiere de nuevo, de la participación del Estado.

En efecto, una de las formas de ver al Estado es como un ente que es la suma de todos, fiscal y políticamente. El Estado puede y debe actuar en nombre de los miembros de un colectivo, y por lo tanto puede y debe tomar acciones que un individuo por sí solo no puede emprender. La infraestructura es uno de los casos típicos y en esta ocasión urgente, de acción del Estado.

Si el Estado está fiscalmente comprometido, como lo estuvo el Estado mexicano desde 1982 hasta 1997 más o menos, entonces no podrá emprender los grandes proyectos de infraestructura que necesitamos todos, sólo un Estado fiscalmente sólido (y de allí la importancia crucial de la reforma fiscal), podrá tener la capacidad intertemporal de financiar los enormes proyectos de infraestructura que servirán a todas las empresas y familias del país.

Pero ni siquiera el Estado fiscalmente más sólido del mundo (y en estos años, eso es avis rara) puede emprender bajo el mecanismo tradicional de Obra Pública los proyectos necesarios para cumplir con las necesidades de las economías modernas.

Basta echarle una ojeada al estado de la infraestructura en los Estados Unidos, a las calles de San Francisco, al puerto de Los Angeles, a sus aeropuertos, a la disponibilidad de banda ancha en los espacios públicos. Incluso la economía más poderosa del mundo tiene carencias de infraestructura notables que constriñen el crecimiento potencial de su producto interno.
En México sufrimos una auténtica catástrofe. Justo cuando la pirámide poblacional estaba a punto de entrar en su parte más dinámica, con la población en edad de trabajar representando la mayoría de la población total, lo que se ha dado en llamar el bono demográfico, el país entra en un período de quiebras fiscales y financieras sucesivas: en 1976, 1982 y de nuevo, en 1994.

Esa confluencia fatal de un Estado fiscal y financieramente quebrado por casi treinta años ininterrumpidos y el bono demográfico potenció las carencias que el país tiene en materia de infraestructura. A lo anterior se añadió un agravante: en ese período también, y dado que la quiebra fiscal fue causada por crisis de balanza de pagos que tuvieron que resolverse exportando lo más posible, el norte del país se convirtió en el eje industrial y exportador de la nación.

En términos de infraestructura la geografía del país representa un reto peculiar: el norte es anchísimo y el sur es estrecho. Al industrializar el norte del país, lo cual era natural pues la cercanía reduce el costo de exportación hacia el principal mercado del mundo, los requerimientos de infraestructura se exponenciaron. Aún hoy no existe una forma directa de conectar el extenso norte del país: para ir de Tijuana a Matamoros es más fácil bajar al centro del país primero, no existe un corredor transversal que una al norte de México, la infraestructura sigue siendo radial, centrada en la capital de la nación, a pesar de la importancia que el norte de México reviste no únicamente para la economía nacional, sino para la de los Estados Unidos.

La ausencia de una articulación multimodal del norte de México, uno de los corredores industriales más importantes del mundo, es apenas uno de los muchos proyectos pendientes de infraestructura en el país: la recién abierta carretera Mazatlán-Durango; el eje Ciudad de México-Tuxpan; el sistema Mitla-Tehuantepec; todos ellos abiertos recientemente o a punto de abrirse, apenas comienza a subsanar una parte menor de los enormes requerimientos de infraestructura del país.

Pero es tanto lo que falta que costearlo produce mareos: un puerto completo, quizá dos en el Pacífico; una remodelación completa del puerto de Veracruz y la conclusión y expansión de Altamira; ampliación de la capacidad aérea y portuaria en la Península de Yucatán; multiplicar la red ferroviaria de la nación; conectar con Metro y/o red de suburbanos las principales zonas metropolitanas del país; un aeropuerto nuevo para el Valle de México y la ampliación de la capacidad de los de Guadalajara, Hermosillo y Chihuahua; completar los corredores transoceánicos (Mazatlán-Matamoros; Manzanill-Laredo; Tehuantepec-Coatzacoalcos); ampliación de los grandes ejes multimodales que comunican el Valle de México con el norte (México-Laredo; México-Piedras-Negras; México-Tijuana).

El tímido listado del párrafo anterior se limita tan sólo a las necesidades en términos de transporte y de movilidad, y no incluye un solo proyecto de comunicaciones, en donde las inversiones son igual o más acuciantes: la densidad de banda ancha del país, la rapidez de la conexión; la accesibilidad a la red de satélites de todo el territorio; la penetración de dispositivos móviles entre la población; etc., son algunos de los temas pendientes en materia de comunicación.

La lista es interminable: las necesidades de inversión en agua para el Valle de México y el norte del país; el desarrollo de nuevos y más eficientes distritos de riego que ahorren el agua que se filtra al subsuelo; el tratamiento de aguas residuales en donde México tiene uno de los índices más bajos en la OCDE; la actualización y mejoramiento en la red de distribución de energía, la migración a la red de 230; el mejoramiento de la red hospitalaria de México; el listado y los montos necesarios para invertir son tan vastos que se necesitaría el doble de lo que ahora se canaliza a inversión como porcentaje del PIB para comenzar a equiparar el equipamiento de capital de infraestructura mexicano a los estándares de nuestros principales socios económicos.

¿Cómo financiar hoy los proyectos que necesitamos para el mañana inmediato? El Estado mexicano enfrentó éste dilema en los años del cincuenta al setenta de la manera más ineficiente posible: con déficits y deuda pública. Fue un error fatal. Un cálculo muy sencillo que muestre el monto necesario para financiar los proyectos aquí esbozados como porcentaje del PIB habría bastado para soterrar toda megalomanía. Creyéndose imperiales, los presidentes de aquellos años se embarcaron en una retahíla de obras públicas que acabaron por quebrar al Estado.

La obra pública en ocasiones no sólo es incosteable, sino ineficiente técnicamente. El Estado no tiene a los mejores ingenieros porque su labor no es construir sino proveer los servicios resultantes. El Estado debe saber escuchar y trabajar con el sector privado para llevar acabo los proyectos de infraestructura más complejos. Esos proyectos no son rentables desde la óptica privada, pero si lo son bajo la óptica social. La asociación del público con el privado deberían de producir una mezcla deseable de factibilidad y rentabilidad económica que se traduciría en más infraestructura el menor costo fiscal posible.

En los últimos quince años esa nueva forma de hacer infraestructura, mediante asociaciones púbico-privadas ha ido ganando pie en México. Generar una asociación pública y privada es harto complejo y consume muchísimo tiempo, pero el resultado es una infraestructura mejor pensada, mejor ejecutada, y mejor mantenida y operada. Es esta la forma, no hay duda, en que la infraestructura que se necesita debe de ejecutarse: la obra pública debe ser apenas una de las opciones en el expediente que debe usarse en las ocasiones en que los proyectos son de baja rentabilidad económica, con altos riesgos de construcción, o de urgente aplicación.

Una cosa más necesitamos: ingenieros civiles. El México moderno fue construido por una generación extraordinaria de ingenieros civiles, capitaneados por uno de los mexicanos más brillantes que hemos tenido: Bernardo Quintana. La generación del ingeniero Quintana construyó ésta país geológicamente complejísimo al albergue de un Estado autoritario y con una enorme capacidad de maniobra política. Cuando ese Estado quiebra durante la larga postración económica de 1976-1996, una generación completa de mexicanos o quizá dos, olvidan a la ingeniería civil como una de sus opciones profesionales ante el derrumbe estrepitoso del gasto en infraestructura.

El efecto que la caída en la matrícula de la carrera de ingeniero civil ha tenido en el PIB potencial del país seguramente es muy significativo. Ha creado un considerable cuello de botella. Pienso en el Ingeniero Quintana, en el Ingeniero Slim, en el Ingeniero Mendoza Fernández, y luego me cuesta trabajo pensar en un ingeniero de la siguiente generación, o de la siguiente. Incluso en este momento, en que la inversión en infraestructura se encuentra lejos del ritmo que necesitamos, nos hacen falta ya ingenieros.

Tenemos suerte que una de las economías que más ingenieros produjo en los últimos treinta años, España, se encuentre en una profunda depresión y que hablemos el mismo idioma. Si fuéramos listos como país deberíamos de estar incentivando por todos los medios una nueva ola migratoria de españoles hacia México, debemos de importar ese capital humano que descuidamos en México en los últimos treinta años pero que tan bien se produjo en España.

El reto de la economía mexicana por primera vez en un par de generaciones no es la falta de dinero. Este es pletórico, las Afores tienen recursos para financiar una buena parte de los requerimientos de infraestructura. Lo que necesitamos es capacidad de ejecución: la imaginación y el talento para que ese ahorro de largo plazo se convierta en inversión de largo plazo. Sería imperdonable que dejáramos pasar esta irrepetible oportunidad.

Hace unos años el magistral ensayista que es Gabriel Zaid tipificaba la política fiscal de López Portillo con un título lapidario y definitorio, lo llamaba “un presidente apostador” por su irresponsable dependencia en los déficits y la deuda que apostaban a que las condiciones de liquidez de los mercados, que bañaban con crédito a México, serían eternas. Treinta años después debemos de volver a apostar, pero ésta vez por la infraestructura, no por los déficits, esta es la apuesta que vale la pena.



domingo, 23 de marzo de 2014

Jacarandas

Uno de los grandes temas de la poesía japonesa es el florecimiento estacional de los cerezos. Es la vida regresando de la muerte, es la recurrencia de la vida, terca a pesar de todo. Es el palo, la vara seca del invierno floreciendo festiva y magnífica.

¿Por qué la poesía mexicana, al menos los poetas del altiplano, no se sorprenden ni cantan al ciclo morado de la jacaranda? 

Esta urbe portentosa y atrofiada, esta ciudad íntima y ajena, este rincón del mundo en donde padecemos, levantada sobre la destrucción de uno de los ecosistemas más bellos de la tierra, se resiste a rendir la plaza al hormigón y el cobalto. Cada primavera el fasto de las jacarandas floridas hacen que esta ciudad refulja morada, en una explosión fabulosa y alegre.

Hace algunos años escribí unos versos, que después mi compa Mario Bojorquez publicó en "Patrón de las Ciudades". Esos versos son una discusión con mi maestro Andrés Barreda, quien nos daba el curso en el patio de la Facultad cuando los jacarandas florecían. En sus clases explicaba la tensión entre el eros y thanatos, entre el valor de uso y el valor de cambio, entre la vida y la muerte. Esos versos, dedicados a él, fue mi manera de responderle. Varios años después de escribirlos, y tras la publicación del libro, pude enseñarlos a mi maestro. Le agradaron.

En esos días traía en la cabeza aquellos bellos versos de Elliot: "there's a time for milking and a time for harvest". El poema es sencillo, y busca reflejar, en la brevedad de la tradición japonesa, el gozo del renacer.

JACARANDAS

De la punta de sus ramas cuelgan 
Frutos dorados de paciencia
Saber dormir todo el invierno; desechar las varas viejas 
Respirar despacio y crecer hacia adentro
Morir en el tiempo de la muerte
Dormir cuando dormir se debe 
Pero florecer a la hora del goce
Florecer a tiempo

domingo, 16 de marzo de 2014

En Busca Del Cisne Negro

En años recientes en finanzas, se ha dado en llamar un “Cisne Negro” a un evento cuya probabilidad es difícil de conocer, y por lo tanto, se le piensa como poco probable, pero cuyos efectos una vez que ocurre son extremadamente poderosos sobre los mercados y la economía. Tan poderosos que pueden cambiar la forma en que vemos las cosas de manera cotidiana.

Ejemplos de Cisnes Negros por ejemplo son los atentados contra las Torres Gemelas en el año 2001, y la crisis financiera de 2008-2009. Ambos eventos no se encontraban dentro de las expectativas de la inmensa mayoría de los inversionistas, pero su ocurrencia tuvo un impacto extremadamente severo sobre los mercados y la economía hasta el punto de producir cambios en las prácticas normales de los mercados y la vida misma de las personas.


Quienes propusieron llamar Cisnes Negros a éste tipo de eventos usaron un ejemplo real. Para la cultura occidental el color blanco y el cisne estaban tan intrínsecamente ligados en el imaginario que un vocablo era la metáfora del otro. Era imposible pensar  asociar a un cisne con otro color que no fuera la blancura profunda de su plumaje. Los versos escritos contra Darío, del poeta mexicano Enrique González Martinez: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje/ 
que da su nota blanca al azul de la fuente;”, denotan por ejemplo hasta qué punto el cisne es asociado al color blanco.

Pero cuando Australia fue descubierta, todo tuvo que ser cambiado, el paradigma tuvo que ser conculcado, las ideas preconcebidas fueron echadas por los aires, pues en Australia los cisnes son negros. Miles de años de cultura occidental que asociaban la blancura con el plumaje del cisne tuvieron que ser descartados.

Que Estados Unidos jamás podía ser atacado por un enemigo externo en su propio suelo; que el precio de las casas no iban nunca a caer; fueron creencias que fueron avasalladas por el ataque a las Torres Gemelas y por la crisis de 2008-2009, respectivamente. Fueron verdaderos Cisnes Negros, como lo fueron también la Segunda Guerra Mundial, y la invención de la computadora personal y el internet.

Menciono éstos dos últimos Cisnes Negros porque su ocurrencia tuvo un efecto particular: sacaron a la economía mundial, especialmente a la de los países desarrollados, de respectivos períodos de estancamiento secular en el que habían caído después de agotarse sendos ciclos de alto crecimiento y bajo desempleo.

La Segunda Guerra Mundial tuvo el efecto de sacudir a la economía mundial de la postración tras una década de crisis tras la Gran Depresión de 1929; el advenimiento de la computadora personal, la informática y la internet provocaron un salto tan grande en la productividad laboral que sacaron a la economía de la miasma económica en que se encontraba desde la severa crisis de 1973.

Un Cisne Negro puede ser un evento terrible, como el atentado a las Torres Gemelas, o la Segunda Guerra Mundial; o puede ser una ocurrencia venturosa, como la invención de las computadoras o el descubrimiento del oro en California; o el descubrimiento de América (quizá el mayor Cisne Negro de la historia).

Es justo eso: un Cisne Negro, lo que hace falta para que ésta larga y penosa crisis por la que atraviesa la mayor parte del mundo desde 2008-2009 pueda resolverse. Necesitamos un evento inesperado, fortuito, o déjenme usar una palabra técnica, estocástico, que produzca o un aumento cuántico en la productividad global del trabajo, o un aumento muy grande en la demanda agregada que permita a la economía global enderezar el rumbo y retomar el crecimiento.

El problema con los Cisnes Negros es que nadie los espera, no se pueden predecir, y por lo tanto no puede uno planear para ello y mucho menos, producirlos. Un Cisne Negro no puede decretarse en el Congreso ni puede ser inducido por el Banco Central: Un cambio tecnológico que conculque las actuales bases económicas y produzca sectores novedosos y nuevas oportunidades, llegará cuando llegue, y no antes. Si bien el cambio tecnológico está en fermento en miles de laboratorios y empresas alrededor del mundo, es difícil prever qué producto, cuándo y dónde, tendrá la capacidad que tuvieron las computadoras y el internet para cambiar el mundo.

Es difícil prever también si un evento como la crisis de Ucrania podrá desembocar en una conflagración no prevista de proporciones y duración tales que implique un aumento muy significativo de la demanda en el resto de las economías del mundo.

Lo que si está muy claro es que la mezcla de extrema holgura monetaria y de laxitud fiscal que las principales economías del mundo han tenido que mezclar irremediablemente para evitar que la economía se desfondara, apenas han sido suficientes para eso: para evitar una Gran Depresión mundial, y para producir en el mejor de los caso tímidos retoños verdes en algunas economías y durante períodos de tiempo breves que no nos alcanzan para calificar a la etapa actual de una recuperación económica franca, y mucho menos de plena expansión y crecimiento.

Necesitamos de un Cisne Negro, de algo inesperado y contundente que nos saque de este marasmo en el que nos encontramos y que impide que millones de personas abandonen el subempleo o franco desempleo que persiste desde hace más de cinco años ya. Dicen sin embargo que hay que tener cuidado porque cuando Dios quiere castigar, nos concede lo que le pedimos. No vaya a ser que ese Cisne Negro que venga a resolvernos las miasmas económicas tenga más negro, que de Cisne.




sábado, 8 de marzo de 2014

Turning Japanese

Una rolita ochentera, un “one hit wonder” de The Vapors tenía un estribillo que decía “Turning Japanese, I think I’m turning Japanese, I really think so”. En esos años la economía japonesa crecía como una locomotora, envuelta en una burbuja inmobiliaria especulativa que inflaba las acciones de los keiretsus japoneses, dotándolos de cofres de liquidez con las cuales comenzaron a comprar activos insignia de los Estados Unidos, como el Rockefeller Center. Uno de los sentidos de esa canción en aquellos años era entonces la fobia irracional de que cuadra a cuadra, los japoneses comprarían a los Estados Unidos.


¡Cómo han pasado los años! Esa rolita de The Vapors escuchada hoy tiene una acepción muy distinta. Todos conocemos la historia: la burbuja especulativa japonesa, que se extendió de 1986 a 1991, terminó en un desastre increíble, con el Nikkei sucumbiendo más del 70%, con los precios inmobiliarios desplomándose, con la economía entrando en una profunda depresión con deflación, y hundiendo a Japón en un estancamiento secular que ya va para 23 años, en dónde no ha habido crecimiento económico ni desarrollo, y durante el cual no se han recuperado los precios de los activos.

Los Estados Unidos y Europa, y otras regiones del mundo vivieron en el período 2001-2008 algo muy similar a lo que sufrió Japón durante su burbuja especulativa: un exceso de crédito que acabó canalizándose al sector inmobiliario, inflando los precios y la hoja de balances de los bancos, llevando el precio de el suelo y los inmuebles a niveles absurdamente elevados.  La burbuja especulativa en Estados Unidos y Europa tronó de manera muy similar a la de Japón, con un desplome dramático del precios de los activos inmobiliarios, quiebra masiva de bancos y el desfonde de los índices accionarios.

Pero la gran pregunta, que es a no dudarlo pertinente, es la siguiente: ¿el paralelismo entre la burbuja japonesa y la de Estados Unidos y Europa se detienen en su formación y en su estallido? ¿O el paralelismo se extenderá a su secuencia? Es decir ¿Es probable que a Estados Unidos y a Europa les esperen una o más décadas de estancamiento económico y deflación como aún le ocurre a Japón?

La pregunta no sólo es pertinente sino relevante. Si la respuesta es positiva, las implicaciones para México serían extremadamente complicadas, pues de poco nos servirá tener un marco macroeconómico balanceado si nuestro principal motor económico: los Estados Unidos, siguen las fases que siguió en las últimas dos décadas la economía de Japón tras reventarse su burbuja especulativa.

Si a Estados Unidos y a Europa les esperan décadas de estancamiento, a la japonesa, sobra decir que los desafíos económicos de México serán complicados y que requerirán mucha imaginación por el lado de la política fiscal y la monetaria en los próximos años. De materializarse ese riesgo México deberá de echar mano de expedientes inusitados en materia de Banca Central y de política fiscal para tratar de despegarse de un escenario de estancamiento secular.

¿Qué tan probable es que eso ocurra? ¿Qué tan probable es que las economías de Estados Unidos y Europa que casi calcaron la experiencia japonesa durante la fase de formación y reviente de sus respectivas burbujas especulativas caminen la ruta espinosa que Japón ha descendido en los últimos 23 años?

Es muy difícil saberlo, pero dadas las condiciones singulares de la política monetaria global, y la persistencia de debilidades en varios sectores de la economía de esas regiones, la probabilidad de tal escenario no es cero.

Cierto, la economía de los Estados Unidos es más diversa; su población, a diferencia de la japonesa, crece; el territorio es mucho más vasto; y los mercados allí son mucho más abiertos y competitivos que en Japón, lo que constituyen factores atenuantes para que dicho riesgo se materialice.

Pero miren las cifras recientes en el sector inmobiliario en los Estados Unidos, miren los últimos dos datos mensuales de empleo; miren las cifras de ventas minoristas. Y no nada más eso: ¿han visto los precios de las empresas minoristas en México (salvo las de la Comer, la cual está por venderse y por eso su valor sube), en dónde los datos muestran una preocupante debilidad en el consumo?

Cierto, hay muchas cifras que apuntan a la recuperación, sobre todo en el sector industrial, pero recordemos que también en Japón el sector industrial ha sido dinámico, pero los sectores de consumo e inmobiliario son los que han seguido deprimidos.

Es muy importante que veamos hacia delante con mucha perspectiva, siempre mirando a los posibles riesgos y estemos listos con armas adecuadas para cada uno de los escenarios. Creo que el riesgo de convertirnos en japoneses, como decía la rolita ochentera, es baja, pero como se decía hace muchos años en el habla popular: no vaya siendo.