domingo, 19 de febrero de 2017

Poemas Para Beber En El Starbucks: Borges, El Eterno Despechado

Hace poco en esta misma sección de "Poemas para beber en el Starbucks" hablábamos de una lectura posible de un dístico de Ezra Pound y decíamos: imaginemos la enorme frustración de que un hombre, enamorado de una mujer, sea incluso rechazado por ella en sus sueños, en dónde todo puede ocurrir. Que incluso en tus sueños la mujer de tus ansias te rechace ha de ser algo muy feo.

Pero puede ser peor. Mucho peor. Puede ser el mismo tema pero escrito por Jorge Luis Borges.

Piensa que una mujer es tu obsesión. Que la amas con locura pero ella no accede a ser el objeto de tu cuidado. Piensa que pasas toda tu vida empeñado en conquistarla y convencerla y que a pesar de tus empeños, ella no cede nunca, ni en el momento de tu muerte.

Piensa ahora que tras tu muerte tú regresas al mundo y eres el mismo, y vuelves a encontrar a la misma mujer con lo cual sufres la misma obsesión y la misma suerte. Piensa que mueres y vuelves una y otra vez, un número infinito, interminable de veces. Piensa que mueres y vuelves, una y otra vez, y la mujer de tu obsesión no accede nunca.

Helo aquí

           Le Regret d'Héraclite


  Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
  aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach.

Curioso. Como el poema de Pound, este también es un dístico. Y el tema es el mismo en el fondo: lo imposible.

El poema de Borges es rico en referencias: el título menciona a Herácilto y por tanto a su noción del río que nunca es el mismo y cambia siempre; la idea del eterno retorno es un guiño a Nietzsche por supuesto; y el hermoso nombre de Matilde Urbach es un personaje de una novela, llamada "Man with four lives",  reseñada por Borges en la revista "El Hogar" de Buenos Aires escrita por un olvidado autor inglés William Joyce Cowen.

El encapsular tantas referencias en un título y dos versos muestra el enorme poder sintético de Borges. Pero el poema no se detiene en la erudición. Este es uno de los grandes poemas del maestro: imagina un amor frustrado para toda la eternidad. Imagina que desde el inicio de los tiempos y por siempre, Matilde Urbach no será tuya.Eso ha de doler.

El Futuro Ya No Es Como Era Antes

Es el fin de una época. En varios sentidos. Difícil saber hasta donde llegará ese experimento egocrático en que se han embarcado los estadounidenses al elegir al maniático de Donald Trump. Difícil saber hoy que implicará en las relaciones multilaterales y en nuestra relación vecinal. Pero lo que si podemos afirmar, porque está ocurriendo mientras usted lee estas breves líneas, es que la larga época de dinero fácil y ganadores mercados de bonos ha llegado a su fin, tal y como lo pronosticamos desde el inicio de la era Trump. Y las consecuencias serán serias en el mediano plazo.
El primer fin de época que veremos es el de la inflación inexistente. Los datos publicados la semana pasada en EEUU y en México sugieren que hay un repunte inflacionario más o menos generalizado. Nada de que alarmarse aún, pero la tendencia del crecimiento de los precios es al alza después de más de una década de dominación por parte de los bancos centrales. Cierto, la inflación no es muy grave aún, pero la Fed y los bancos centrales parecen estar corriendo para alcanzarla. Existe el riesgo de que por esperar tanto el alza de tasas vayan a tener que subir demasiado rápido en los próximos meses.
Y si la inflación sube y las tasas de interés de la Fed suben, entonces vamos a ver algo que no hemos visto en más o menos treinta años: pérdidas en los mercados de bonos. Como el precio de los bonos se mueve inversamente respecto de las tasas, y desde 1974 a la fecha las tasas en el mundo no han hecho mas que caer, invertir en bonos ha sido uno de los mejores negocios que ha habido. Aquellos tenedores de bonos, en especial quienes ahorran para sus pensiones, han sido beneficiados por este movimiento de largo plazo de la economía global, que ahora, con el advenimiento de la reflación de Trump, podría estar llegando a su fin.
Si el pronóstico de reflación y alza de tasas se cumple, entonces tendremos pérdidas severas en los mercados de bonos, y aquellos inversionistas con tenencias en esos instrumentos van a sufrir, particularmente aquellos que están a medio camino entre su vida laboral y su retiro (yo levanto la mano).
Y si las tasas se montan, especialmente las de largo plazo, será inevitablemente ver un dólar más fuerte. Si, como parece ser el caso, Trump regalará un recorte de impuestos “tremendo” y aumentará el gasto militar y de infraestructura, los EEUU incurrirán en déficit fiscales crecientes y emitirán más bonos, incrementando la tasa de interés, así que por el lado de la reflación, y por el lado de los déficit fiscales se está cocinando un alza en las tasas de interés de largo plazo y eso significará sin duda un dólar fuerte.
Al elevar las tasas de interés aquellos proyectos con una rentabilidad menor que los nuevos réditos podrían dejar de ser viables y quizá cierren. Y ese es un problema serio. Cuando las tasas están en cero, como lo estuvieron por nueve años, es fácil que un proyecto rinda más que la tasa de interés. Pero al ir subiendo las tasas aquellos proyectos con rentabilidades estrechas deberán de ser reestructurados seriamente.. Y como fueron tantos años de tasas bajas el número de esos proyectos podría ser  enorme.
Pero incluso en un naufragio hay ganadores, y un escenario como el que se prefigura es un sueño para los bancos, sobre todo los estadounidenses: mayores tasas de largo plazo y un dólar fuerte es justo lo que necesitan luego de años de tasas bajas. Y si lo anterior le agregamos un descarado cabildeo en su favor por parte de Trump y los suyos, tenemos una mezcla inmejorable para el negocio bancario, el cual adicionalmente tiene en este momento un exceso de capital que podrán poner a trabajar asumiendo riesgos que les fueron prohibidos los pasados nueve años.
Pero mucho dependerá de cómo se elevan las tasas. Si el alza es gradual y ordenada habrá oportunidad para que inversionistas y proyectos se adecuen a los nuevos niveles y quizá tengamos una transición suave. Pero si los déficit fiscales y la inflación brincan de manera intempestiva y las tasas se trepan desordenadamente en medio de confusión y sobresaltos entonces la transición hacia esa nueva época podría venir acompañada de sustos en las bolsas de valores y en el sector real sobre todo si luego de los primeros dos años de la administración Trump el empuje inicial producido por los menores impuestos y el incremento en el gasto público se le acaba la fuerza y se agota en medio de una crisis seria. Y eso podría pasar en el 2019.


sábado, 11 de febrero de 2017

Los Óscares Y El TLCAN: El Arancel Iñárritu

En los últimos tres años el Óscar, el premio cinematográfico más valioso del mundo, ha sido ganado por dos mexicanos: Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón, y los tres últimos Óscares a la mejor cinematografía han sido ganados por otro mexicano, Emmanuel Lubezki. Todos acompañados por una tropa de mexicanos que producen películas en inglés para un mercado global. La estrella de la última película de la saga de Star Wars, la más exitosa de la historia, es el mexicano Diego Luna. ¿Son películas mexicanas o estadounidenses?
Los últimos tres años entonces Hollywood, el epítome de la dominación cultural estadounidense, ha sido dominado a su vez por los mexicanos. Lo que ellos producen allá, es mexicanos o estadounidense. ¿o tiene caso hacerse esa pregunta? Si no existiera Donald Trump la pregunta no vendría al caso: los suyos son productos de Norteamérica. Pero dado que Trump y sus aldeanos van a acabar con el Nafta, vale la pena reflexionar si a Alejandro Gonzalez Iñarritu, al “chivo” Lubezki y a Alfonso Cuarón les van a cobrar 20% de impuestos adicionales, pues en sentido estricto, son exportaciones mexicanas a los Estados Unidos.
Si Donald Trump quiere imponer aranceles de 20% a las importaciones mexicanas, en realidad acabará imponiéndola a productos que quizá sean mayoritariamente hechos en los Estados Unidos. Si los mexicanos queremos protestar contra la furia racista de Trump boicoteando la compra de productos estadounidenses, quizá acabemos dejando de comprar productos que en realidad fueron hechos en México. Durante los últimos años la manufactura ha hecho que no existan bienes producidos en México o Estados Unidos, sino hechos en Norteamérica. Gravar a uno o a otros será contraproducente.
Tomemos un carro producido en Saltillo, Coahuila, uno de los centros automotrices más importantes del continente. Cuando una camioneta de General Motors se termina de ensamblar en una de las plantas del lugar, sus partes y componentes atravesaron la frontera varias veces para irse completando parcialmente hasta el ensamblado final en la capital coahuilense. Imponer un arancel de 20% a las importaciones mexicanas implicaría que esa camioneta final sería gravada varias veces antes de su ensamble final, lo cual sería muy ineficiente en términos fiscales.
Pero más allá de esa ineficiencia fiscal hay un problema más complejo. Esa camioneta salida de una planta de Saltillo, y cuyo contenido en términos de valor sea quizá más de 50% estadounidense, al ser gravada como mexicana en realidad tendría el mayor impacto en las fábricas estadounidenses que enviaron las partes para el ensamble final en México. Esa camioneta de GM salida de la planta de Saltillo es en realidad una camioneta estadounidense: ¿Por qué gravarla con un 20% adicional?.
Algo similar ocurre con marcas estadounidenses en México. El valor de un café hecho en el Starbucks que está en la esquina de mi casa, de donde soy parroquiano, puede ser desagregado peso a peso: desde el costo del café, el agua, la renta del local, el pago de la franquicia y el pago de la mano de obra que lo produce en la barra. Casi seguramente la parte más importante del costo es el pago de la mano de obra, el pago de la renta, la operación y el mantenimiento del local, y el pago de impuestos. Quizá el pago de la franquicia a su matriz en Estados Unidos sea el componente más importante, pero la suma del valor de los componentes producidos y pagados en México de ese café que me bebo es muy seguramente superior a lo que acaba yéndose a los Estados Unidos.
Así como la camioneta mexicana que sale de la planta de Saltillo es mayoritariamente estadounidense, el café estadounidense que me bebo en División del Norte y Coroco, preparado por Andrés o Arturo es un café mayoritariamente mexicano.

Los ejemplos abundan: las computadoras, las televisiones, los aviones, la ropa de moda, los automóviles, las lavarropas, y una multitud de servicios son producidos en una red geográfica que abarca toda Norteamérica, y que es muy difícil segregar para propósitos fiscales. Acabar con el Nafta no sólo es una pésima idea de Trump y sus aldeanos, es brutalmente ineficiente y cualquier estructura fiscal que intente gravar bienes y servicios de la región como provenientes de un solo país será enormemente complicado. También es no saber en dónde está parado el Donald: sin nosotros, los Estados Unidos no serían ni la mitad de lo que son.

domingo, 5 de febrero de 2017

El Americano Gacho

Decirle a Donald Trump y a los suyos que son unos abusivos, que están violentando la diplomacia establecida, que están llevando al límite permisible la agenda de derechos humanos al coartar la migración, y que el internacionalismo que ha caracterizado a los Estados Unidos por décadas sangra en cada llamada que el presidente hace desde la Casa Blanca, es pegarles donde no les duele. Eso es lo que quieren y buscan: dejar de ser el americano amable y pasar a ser el americano gacho. Esas es su agenda. Y es un error.
Como el Tío Ben le dijo a Peter Parker, con gran poder llega una gran responsabilidad, y los Estados Unidos han sabido cumplir, a veces garrote en mano, con dicho adagio desde que se erigieron como la potencia mundial tras el fin de la segunda guerra. La potencia americana ha sabido acomodar su atlantismo natural con equilibrios en el Pacífico, en Latinoamérica y en el Océano Indico, buscando contener a sus rivales históricos: Rusia y China. Ser el líder implica acomodar y darle su lugar a los aliados: negociar. Para Trump y su equipo negociar es debilidad, acomodar es ceder, equilibrar es retroceder, y quieren cambiarlo todo rompiéndolo como lo han hecho en estas primeras semanas en el mando.
Es necesario entender que lo que Trump hace es congruente con su visión de las cosas: él y su grupo están en armonía con la visión que la mitad de los estadounidenses comparten: el malestar económico que sufre la clase media y baja de los Estados Unidos se debe a que están económica y militarmente sitiados por el resto del mundo. Para Trump y la mitad de los estadounidenses el internacionalismo ha permitido que las fábricas que antes daban empleos en casa haya migrado, y por lo tanto hay que acabar con este. Para Trump y sus votantes el multilateralismo, que ha globalizado los flujos de comercio e inversión, es la causa del estancamiento secular en su bienestar, y por ello hay que acabar con el mismo. Por lo anterior y más, el furor mediático y en redes sociales contra las medidas anunciadas estas primeras semanas son la confirmación de que su diagnóstico es correcto y de que todo va de acuerdo con lo planeado.
Para Trump y sus votantes el establishment es el enemigo, y el rechazo que varios jueces federales han producido contra sus edictos anti migración son la confirmación de dicha prognosis. Los jueces son parte de esa larga lista de enemigos de los estadounidenses que incluyen a México, las relaciones internacionales forjadas por Washington las últimas décadas, los demócratas y los medios, y China. Son eso, enemigos, y hay que enfrentarlos con todo. Para Trump y los suyos el escándalo de estos días forma parte del plan trazado desde el comienzo.
Trump y los suyos van conforme a su plan. En su diagnóstico están acabando con el mal que aqueja a sus votantes y que les garantizará su permanencia en el poder más allá del cuatrienio. Pero es un error tremendo (para usar esa palabra tan cara al Donald).
Donald Trump no quiere cambiar el establishment, no quiere negociar con él. Lo quiere dinamitar. Porque Donald el político y  Donald el empresario se parecen mucho: buscan salirse con la suya porque están convencidos de que su método es el único que vale. El empresario es un gandalla que no negocia, el político es ideológico. Para ninguno de los dos existe negociación posible, y eso más temprano que tarde va a producir una reacción concomitante del orden establecido dentro y fuera de los Estados Unidos.
¿Es probable que Trump y los suyos impongan su agenda en el muy corto plazo subvirtiendo el orden actual de manera serial y masiva? Parece poco probable que abriendo frentes contra el terrorismo islámico, contra el Nafta, contra China y el multilateralismo europeo, contra los medios liberales, el partido demócrata y el sistema judicial de su país, Trump vaya a salir airoso de todos. Dicen los que saben que hay que escoger tus peleas. Donald Trump no está escogiendo las suyas, está provocando todas al mismo tiempo y más temprano que tarde quien acabará dinamitado serán el y los suyos.

Pero no se detendrán. Ellos están convencidos de estar en una misión contra el mal. Son unos cruzados convencidos que lo que hacen es correcto y que sus adversarios tienen que ser eliminados y conversar con ellos es una pérdida de tiempo. Hace apenas tres semanas Barak Obama era el representante del americano amable. Ya no más, los siguientes serán los años del americano gacho.

sábado, 28 de enero de 2017

Donald Trump: El Sepulturero De Si Mismo

El cadáver del Consenso de Washington está pasando frente a nosotros. Y contrario a lo que sus más arduos defensores pregonaban, el enterrador no fue un movimiento izquierdista latinoamericano, sino una revuelta populista de ultraderecha encabezada por un billonario neoyorquino que se benefició como pocos de la globalización contra la cual hoy se lanza.
Es curioso como la ideología enceguece. Durante décadas los defensores del Consenso de Washington juraron que la amenaza contra dicho credo venía de la izquierda, jurando que de la derecha sólo vendría devoción y defensa: Pero desde el corazón mismo del capitalismo: desde una torre dorada en el corazón de la quinta avenida, surgió la ventisca furiosa que está dinamitando al Consenso de Washington de adentro hacia fuera, como una metástasis.
El Consenso de Washington (sobra precisar en dónde se originó) se sintetiza en un conjunto de reglas que fueron adoptadas por los liberales y los conservadores por igual, y que con algunas modulaciones, fueron adoptadas y propagadas por todo el mundo. Dichas reglas fueron el credo de la globalización: una política monetaria conservadora; una política fiscal encaminada a buscar equilibrio; una economía global cada vez más integrada; un vector de divisas estable; y la creencia de que el libre comercio y el libre flujo de capitales y factores produciría bienestar en el largo plazo.
A twitazos, Donald Trump ha sepultado al Consenso de Washington y lo está sustituyendo por un conjunto de prejuicios amorfos que en su conjunto no representan un plan, no conforman un esquema viable para que la economía global, ni la de Estados Unidos, tengan viabilidad en el mediano plazo.
Contra la integración y el libre comercio, Donald Trump ordena construir un muro y levar aranceles contra las importaciones de los países que caprichosamente él considera como abusadores de los Estados Unidos; contra una política monetaria conservadora, Trump hace ver su animadversión contra la presidenta de la Fed, Janet Yellen y se autoproclama “rey de la deuda”, adicto a las tasas bajas; contra los balances fiscales sólidos el Donald proclama que para él el ejército va antes que los déficit; ante el integracionismo Trump subvierte el histórico atlantismo de su país y se convierte en dinamitador de la Unión Europea; contra el libre flujo de factores el Donald vocifera deportaciones, expulsiones y segregación; contra la estabilidad de divisas Trump presume un dólar estamíneo y afrentoso contra todas las demás monedas; y contra la globalización, unos Estados Unidos encerrados en si, y contra si mismos.
Lo más grave es que mientras las columnas del Consenso de Washington son derrumbadas una a una, en su lugar no se levanta nada: ni una idea siquiera, ya no digamos un nuevo consenso, un nuevo conjunto de reglas. Nada. Donald Trump no tiene un plan, no tiene una idea  que remplace al defenestrado Consenso. No lo sustituye, lo defenestra y en su lugar no hay ni retazos: hay caprichos, hay trampas y descaro.
Del arsenal proteccionista de la inmediata postguerra Trump sustrae aranceles de 20 o de 35%; del guardarropa reaganiano Trump cataloga a capricho a países sospechosos de terroristas y detiene el flujo de migrantes; contra China, su principal acreedor externo, lanza un guiño a Formosa. Lo que está construyendo es un Frankestein: mayores aranceles, dólar fuerte, déficits y proteccionismo. La mitad de sus decisiones serán obliteradas por la otra mitad, y en su conjunto, está cavando una zanja en donde la economía de los Estados Unidos, y con ella la del mundo, quedará atascada en los próximos años.


La economía seguirá creciendo en los próximos meses por supuesto. El empuje de la era Obama continuará por un poco más y la tasa de desempleo, en mínimo de casi dos décadas, quizá seguirá bajando. Más aún: los menores impuestos que Trump está a punto de disparar producirán un choque de adrenalina que levantará al producto en el corto plazo basado en un aumento del déficit fiscal. Esto durará un año, quizá casi dos. Y luego deberemos de prepararnos para las consecuencias.

domingo, 22 de enero de 2017

El Aire Encima de Manhattan: Trump Y La Globalización Detenida


El día de la Inauguración. Un billonario estadounidense se pronuncia en contra de la creación de otros billonarios estadounidenses. Lo curioso es que tanto esa creación, como la furiosa reacción en su contra fueron realizadas en nombre del hombre común. No es de extrañarse, ese hombre común no ha visto la suya: décadas de globalización y el hombre (y la mujer) común no parecen haber mejorado mucho. Es por eso que ahora están votando, una tras otra, en contra de la globalización. Pero el problema no es la globalización, sino qué hacemos con ella.
Donald Trump es uno de los grandes beneficiarios de la globalización. Es uno de los grandes magnates inmobiliarios de Nueva York. Y si existe una mercancía que ha subido de valor durante la globalización esa es el metro cuadrado de tierra y de aire en Manhattan. No importa que hagas en la globalización: no importa qué vendas, qué proveas, cuál sea tu rol en el mercado global. Para hacerlo necesitarás dinero,  publicidad y logística, y la capital mundial del dinero, la publicidad y la logística se llama Nueva York. Y si quieres estar en Nueva York tienes que hablar con los dueños de la tierra y el aire de Manhattan. Y si has hablado con los dueños de la tierra y el aire de Manhattan en estas décadas de la globalización, tarde que temprano tuviste que haberte topado con Donald Trump.
A los analistas de empresas les gusta mucho recordar el siguiente ejemplo: ¿quién fue el gran ganador de la feria del oro en California? No fueron los gambusinos ni los mineros que por millares migraron al Pacífico buscando el oro. Los ganadores finales fueron quienes financiaron a esos gambusinos y mineros (Wells Fargo y American Express); y quienes los vistieron (Levi’s Strauss). Las fortunas individuales tuvieron destinos heterogéneos, pero Levi`s Strauss, Wells Fargo y American Express (estas dos últimasniniciaron como empresas que transportaban el oro), tuvieron mejor suerte que todos y se constituyeron en emporios que subsisten hasta hoy.
El principio es el mismo: la globalización, esa especie de fiebre del oro que va por el mundo incorporando una región tras otra a la lógica de una economía unificada e integrada en un solo proceso, ha tenido ganadores y perdedores. Pero el gran ganador ha sido aquel que posea tierra y aire en Manhattan, el pequeño centro del mundo, y en donde Donald Trump ha sido desde que nació, uno de los más importantes jugadores.
¿Por qué entonces uno de los más conspicuos ganadores de la globalización se lanza en contra de ella? ¿Por qué el billonario quiere dinamitar lo que ha sido el origen de su fortuna? ¿Por qué Donald Trump parte de un contra factual: si con la globalización gané muchísimo, hubiera ganado más sin la globalización?
El narcisismo megalómano puede ser una respuesta. Puede ser que Donald Trump, quien ya no necesita dinero, necesite verse proyectado hacia la historia. Si esa es la respuesta entonces millones de votantes fueron engañados por un prestidigitador.
O puede ser que simple y sencillamente Donald Trump, el pueblo, y el sistema electoral y político estadounidense se estén equivocando y estén respondiendo al malestar de la globalización con el antídoto equivocado: el regreso de las economías cerradas y el proteccionismo.
La globalización, no sólo de mercancías, de servicios y de ideas, es una impronta de la cultura humana. Estamos destinados a la globalización desde que dejamos las llanuras del centro de África y en un período muy corto de tiempo nos esparcimos por el mundo. La globalización es una condición para que seamos más libres, sabios y felices, siempre y cuando ésta sea distinta: justa, allí donde ha sido desigual; incluyente, allí en donde ha creado guetos; aglutinante, allí en dónde ha permeado el racismo y la intolerancia; abierta, allí dónde ha habido censura y represión. En otras palabras la globalización, que se ha entendido como un proceso económico, debe de ser democrática también, No basta que se globalicen las mercancías, los bienes y servicios. Deben de acompañarlas las ideas y las voluntades.
Es quizá ese sentimiento de que la globalización ha sido una imposición de las élites sin el consenso del hombre común lo que ha desatado la furia que ha provocado el tsunami populista del Brexit, Trump y otros fenómenos. El caso de Trump es el más triste; uno de los mayores beneficiarios de la globalización ha convencido al sistema electoral de su país que hay que ir en contra de la misma. Se equivoca Trump., se equivoca el sistema y las consecuencias de ese error las pagaremos todos.